«Los Embarradores de Riohacha: La Huella de las Tradiciones de la Occitania Francesa en el Carnaval»

Por: Nicolás Lubo Matallana

Cada carnaval en Riohacha, una figura emerge entre la multitud. No es un disfraz colorido ni un personaje de fantasía. Es un hombre cubierto de barro de pies a cabeza, avanzando con pasos firmes, casi ceremoniales. Su presencia despierta una mezcla de asombro y tradición. Son los Embarradores, los guardianes de una costumbre centenaria que, generación tras generación, han convertido el barro en un símbolo de identidad y resistencia.

La historia de los Embarradores tiene raíces que se hunden en la Europa medieval. La festividad de los Pailhasses en Cournonterral, en la región de Occitania, Francia, se originó en 1346. En ese año, los habitantes de Cournonterral y el cercano pueblo de Aumelas se enfrentaron debido a disputas sobre la recolección de leña en los bosques que ambos reclamaban como propios. Según la tradición, los residentes de Cournonterral, dirigidos por el alguacil llamado Pailhas, idearon una estrategia para intimidar a sus adversarios: se vistieron con trajes hechos de sacos llenos de paja, se cubrieron con plumas y ramas, y se pintaron con vino y otros materiales como sangre y heces de animales, adoptando una apariencia salvaje y aterradora. Esta táctica logró asustar a los habitantes de Aumelas, asegurando la victoria para Cournonterral.

Para conmemorar este triunfo, se instauró una celebración anual que se lleva a cabo cada Miércoles de Ceniza. Durante esta festividad, los participantes, conocidos como Pailhasses, se visten con atuendos similares y persiguen a los «Blancos» (representando a los habitantes de Aumelas) por las calles del pueblo, empapándolos con sedimentos de vino. Esta tradición ha perdurado durante más de seis siglos y es considerada una de las festividades más singulares y salvajes de Francia.

Es importante destacar que esta celebración es principalmente para los residentes locales, y la participación de forasteros no siempre es bienvenida. De hecho, durante el evento, el acceso al centro de Cournonterral suele estar restringido para evitar la afluencia de visitantes no deseados. A lo largo de los años, la festividad ha mantenido su esencia, aunque con algunas adaptaciones. Por ejemplo, en lugar de utilizar materiales más ofensivos como en el pasado, actualmente se emplean los sedimentos de vino para las persecuciones y «ataques» durante el evento.

Siglos después, esta tradición cruzó el Atlántico y encontró un nuevo hogar en Riohacha gracias a José Laborde, un comerciante riohachero de ascendencia francesa. Laborde viajaba con frecuencia entre Francia y Riohacha en su embarcación comercial, que seguía la ruta marítima Riohacha-Toulon. Toulon, un puerto clave en la costa mediterránea, lo conectaba con el comercio del Caribe y Sudamérica, pero también con la vida festiva del sur de Francia. En sus viajes, presenció el carnaval de los Pailhasses y quedó fascinado por su carácter liberador y su simbolismo. Este contacto directo con las tradiciones occitanas refuerza la hipótesis de que Laborde no solo conocía esta manifestación, ya que su apellido era originario de esta región francesa, sino que vio en ella un elemento que podía integrarse al carnaval de su ciudad natal, Riohacha. Adicionalmente, es preciso aclarar que es una manifestación muy singular en Francia y alejada de toda creencia de que se presentaba durante celebraciones de la Toma de La Bastilla.

Al llegar a Riohacha, Laborde promovió la incorporación de esta tradición en el carnaval local. Sin embargo, en la adaptación, hubo cambios fundamentales. Empezando por la confección de un vestuario similar, las lías de vino y el excremento fueron reemplazados por el barro, un material esencial en la cotidianidad riohachera. No se trataba solo de una cuestión práctica, sino de una transformación simbólica. En Riohacha, el barro tenía un significado profundo: se usaba en la construcción de casas de bahareque, en la fabricación de utensilios de cocina y en actividades rituales de los pueblos indígenas. Así, la nueva tradición encontró un sentido propio, convirtiéndose en una expresión única dentro del carnaval de la ciudad.

Con el paso de los años, esta manifestación dejó de ser únicamente un juego festivo para convertirse en un emblema de identidad. Los Embarradores no solo celebraban el carnaval, sino que encarnaban la resistencia cultural de Riohacha, su conexión con la tierra y su capacidad de transformar las adversidades en expresión colectiva. En cada recorrido por las calles de la ciudad, cubiertos de barro, desafiaban las normas establecidas y reconfiguraban el espacio público, recordando que esta tradición no es solo una festividad, sino una forma de reafirmación cultural.

Hoy, los Embarradores siguen recorriendo las calles de Riohacha, pero su futuro depende de que se reconozca su valor. A diferencia de carnavales más mediáticos, como el de Barranquilla, en Riohacha esta tradición aún carece de un plan de salvaguardia que garantice su permanencia. Sin embargo, hay esfuerzos por cambiar esto. Este año, el reconocimiento a Augusto Gómez Henríquez, conocido cariñosamente como Chichi, es un homenaje a los portadores de la tradición, a aquellos que han mantenido viva la esencia de los Embarradores y han transmitido el legado a las nuevas generaciones.

La consolidación de los Embarradores como patrimonio cultural de Riohacha no es solo una cuestión de orgullo local, sino una oportunidad de proyectar esta manifestación a un escenario más amplio. En el auge del turismo cultural, donde los viajeros buscan experiencias auténticas, los Embarradores pueden convertirse en un pilar para el desarrollo del turismo en La Guajira. Para ello, es necesario un esfuerzo articulado entre la comunidad, las autoridades y los gestores culturales. Patrimonializar esta práctica, incluir su historia en los programas educativos y crear rutas de turismo experiencial son pasos necesarios para su protección y visibilización.

El carnaval de Riohacha es mucho más que una celebración. Es un testimonio de la memoria de un pueblo, una manifestación de resistencia y pertenencia. Los Embarradores, con su andar cubierto de barro, nos recuerdan que la identidad se lleva en la piel, en la tierra y en la historia que se niega a desaparecer. En ellos se encuentra el pasado y el futuro de una tradición que, con el cuidado adecuado, podrá seguir asombrando a quienes los vean recorrer las calles, año tras año.

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