Por: Nicolás Lubo Matallana
En 2045, Riohacha celebrará 500 años de historia. Un hito que invita a mirar más allá del presente y a pensar, desde ahora, el futuro que queremos habitar. ¿Qué ciudad estamos construyendo para ese momento? ¿Qué decisiones debemos tomar hoy para garantizar un desarrollo equilibrado, justo y sostenible?
En este contexto, el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) cobra especial importancia. Se proyecta con una visión hacia el año 2035, como base para su posterior aprobación e implementación. Más que un documento técnico, el POT es una oportunidad para redefinir cómo crece la ciudad, cómo se protegen sus recursos naturales y culturales, y cómo se organiza la infraestructura urbana y rural para mejorar la calidad de vida de su gente.
Este proceso puede entenderse como una primera etapa de una visión más amplia que deberá revisarse y fortalecerse hacia 2045. Para que tenga impacto real, será necesario sostenerlo en el tiempo, mantener su espíritu participativo y asegurar que los avances no se detengan con los cambios de gobierno.
La planeación territorial no puede depender de un solo actor. Su éxito requiere la articulación de múltiples sectores: instituciones públicas, sector privado, academia, organizaciones sociales y ciudadanía. La corresponsabilidad es clave para que la visión de ciudad se convierta en acción colectiva.
Mientras el documento general se consolida, es posible avanzar con medidas concretas. La implementación de planes parciales en zonas estratégicas permitiría activar transformaciones reales, alineadas con los principios del POT. Sectores como el centro histórico, corredores turísticos, barrios con mayores rezagos en servicios o zonas rurales con potencial productivo, pueden ser el punto de partida de un proceso que no debe postergarse.
El POT también debe integrar de forma decidida los componentes ambiental y patrimonial. Riohacha posee una riqueza natural y cultural que necesita protección y valorización. Incorporar estos elementos al desarrollo urbano no es solo una necesidad, sino una oportunidad para proyectar una ciudad más coherente con su identidad.
La infraestructura, por su parte, debe ser pensada como una herramienta para la inclusión, la conectividad y el crecimiento sostenible. No basta con hacer obras; se trata de garantizar que respondan a las verdaderas necesidades del territorio.
Y en este esfuerzo, la participación del Gobierno Nacional será determinante. ¿Está Riohacha en su radar como un nodo estratégico del Caribe? ¿Existe la voluntad de respaldar su desarrollo con recursos, acompañamiento técnico y políticas diferenciadas? ¿Será capaz el Estado central de mirar más allá de lo coyuntural y comprometerse con una ciudad que merece mucho más que soluciones parciales?
El POT no es un fin en sí mismo. Es una herramienta que requiere visión, continuidad y voluntad colectiva. Si lo asumimos como una apuesta de todos, puede convertirse en el punto de partida para una transformación profunda, sostenida y participativa.
Que el 2035 nos encuentre con avances reales, y que el 2045 no sea solo una conmemoración simbólica, sino la evidencia de que fuimos capaces de imaginar y construir juntos la ciudad que merecemos todos.