Por: Nicolás Alberto Lubo Matallana
En medio de la incertidumbre que ha generado el anuncio de reducción progresiva de la producción carbonífera por parte de Cerrejón, la conversación pública ha girado principalmente en torno a los impactos económicos inmediatos. Sin embargo, hay una pregunta de fondo que el departamento debe enfrentar con madurez: ¿qué visión de desarrollo estamos construyendo para La Guajira más allá de sus ciclos extractivos?
Ante la urgencia de pensar el desarrollo de La Guajira con mayor profundidad y visión de largo plazo, hoy más que nunca se hace necesario considerar enfoques estructurados que permitan orientar el crecimiento del territorio desde sus propias capacidades y vocaciones. En esa dirección, los postulados de la Estrategia de Investigación e Innovación para la Especialización Inteligente (RIS3), aunque formulados en el marco académico, ofrecen elementos valiosos para orientar una transformación territorial. Basada en el reconocimiento de ventajas competitivas, la articulación de actores del ecosistema de innovación y la focalización en sectores estratégicos, esta metodología no pretende ser una panacea, pero sí un instrumento útil para avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible, diferenciado y con identidad propia. Su aplicabilidad a La Guajira resulta especialmente pertinente a la luz de las condiciones actuales y del momento histórico que vive el departamento.
La lógica de la especialización inteligente no consiste en copiar modelos ajenos ni dispersar recursos. Al contrario, plantea que los territorios deben identificar sus verdaderas fortalezas, concentrar esfuerzos en sectores con potencial competitivo y articular a los actores que pueden generar valor desde lo local. En el caso de La Guajira, este enfoque apunta con claridad hacia tres grandes apuestas estratégicas: el turismo con identidad, las industrias culturales y creativas vinculadas al sector turístico, y el desarrollo agropecuario con alto valor agregado.
La transición energética, entonces, no puede ser tratada como una novedad discursiva del gobierno central. En La Guajira, este cambio estaba anunciado. Los compromisos ambientales globales, la presión de los mercados internacionales y las decisiones corporativas de empresas como Glencore ya prefiguraban el declive progresivo del carbón como eje de la economía regional. Desde hace más de una década, dentro de la misma operación minera se discutían escenarios de cierre técnico, impactos de los bloqueos a la línea férrea y señales de desaceleración del mercado internacional que comenzaban a restarle viabilidad al modelo extractivo. La reciente reducción en la producción no es una sorpresa, sino parte de un proceso que pudo y debió haberse anticipado con mayor seriedad.
No se trata solo de cambiar de sector económico. Se trata de transformar la manera en que concebimos el desarrollo. En territorios como La Guajira, esa transformación debe partir del reconocimiento de sus propias potencialidades y de una apuesta decidida por construir capacidades locales sostenibles.
Apostar por el turismo no puede reducirse a la expectativa de atraer visitantes. Implica una política pública coherente y de largo plazo que articule infraestructura física (vías, conectividad, servicios básicos), infraestructura social (formación en hospitalidad, gestión empresarial y bilingüismo), y una narrativa territorial construida desde el arraigo, la interculturalidad y el valor del patrimonio. Se necesita construir productos turísticos integrados, sostenibles y auténticos, fortalecer los circuitos culturales y naturales, e involucrar a las comunidades como protagonistas y no como espectadoras del proceso.
Las industrias culturales y creativas, por su parte, no deben seguir tratándose como expresiones menores o accesorios de agenda. Representan una oportunidad concreta para generar empleo, dinamizar economías locales, fortalecer identidades y crear valor simbólico y comercial a partir del talento regional. La música, la oralidad, la danza, la moda, la gastronomía y la artesanía wayuu, entre otras expresiones, pueden convertirse en plataformas de innovación si reciben el impulso necesario mediante incentivos fiscales, redes de circulación, centros de formación y espacios de experimentación creativa. En este campo, como en el turístico, predomina un tejido empresarial frágil, conformado en su mayoría por pequeñas y medianas empresas de carácter familiar, muchas de ellas lideradas por mujeres y jóvenes. Estas iniciativas, aunque resilientes y cargadas de valor simbólico, requieren acompañamiento técnico, acceso a crédito, mejora en capacidades de gestión y un entorno institucional que favorezca su consolidación y escalamiento.
Y el sector agropecuario, que históricamente ha permanecido al margen de los planes de desarrollo, debe ocupar un lugar central en esta nueva visión. La potencialidad agrícola de algunas subregiones guajiras, junto con los saberes tradicionales y la diversidad agroecológica del territorio, permiten imaginar una agricultura con valor agregado, basada en el conocimiento, la asociatividad, la agroindustria y la bioeconomía. Para lograrlo se requiere inversión en innovación tecnológica, asistencia técnica permanente, encadenamientos logísticos eficientes, acceso a financiamiento, conectividad rural y apertura real de mercados. Sin estas condiciones, el campo seguirá siendo más una promesa que una realidad productiva.
Esta transformación económica también conlleva una transformación laboral profunda. Cambiar la vocación productiva del territorio implica reconfigurar el tipo de empleos que existirán, las habilidades que se demandarán y los perfiles que deberán desarrollarse. El empleo formal ligado a la gran minería, aunque limitado en número, estructuró durante décadas gran parte del imaginario laboral de la región. La transición exige construir una nueva cultura del trabajo basada en el conocimiento, la creatividad, el emprendimiento y la sostenibilidad. Sin embargo, el territorio no está preparado para ese cambio. La respuesta no puede ser improvisada: se requiere una política educativa y formativa integral, que inicie desde la educación básica y media, pase por la formación técnica y tecnológica, y se proyecte hacia universidades con vocación territorial. Instituciones públicas, privadas y comunitarias deben asumir el reto de formar el talento que demanda esta nueva economía. Si no se articula esta dimensión, el riesgo de exclusión laboral será alto, y con él, el riesgo de frustración colectiva.
En síntesis, la transformación del modelo económico de La Guajira no se logrará por inercia ni por sustitución mecánica de sectores. Se requiere una visión articulada, ambiciosa y sostenida, capaz de convertir el potencial en oportunidad y la oportunidad en estrategia de desarrollo. Y eso solo será posible si el Estado —desde lo nacional hasta lo local— asume su papel con seriedad, define prioridades, articula recursos y construye institucionalidad con y desde el territorio.
En este proceso, Cerrejón no puede ser un actor ausente. Por el contrario, está llamado a cumplir un papel determinante en el acompañamiento a la transición productiva del territorio. Así como ha liderado por décadas la generación de empleo, inversión social y aportes fiscales, ahora debe volcar capacidades, conocimiento y recursos para apoyar la construcción de una economía más diversa, inclusiva y sostenible. Su legado no puede limitarse a cifras mineras; debe proyectarse como facilitador de procesos de formación, encadenamientos productivos, innovación social y fortalecimiento institucional en los sectores que La Guajira está llamada a desarrollar. Las acciones de corto y mediano plazo que se diseñen para este tránsito deben permear todo el territorio departamental, más allá del área de influencia directa de la operación minera. Solo así será posible fortalecer fuentes de empleo en zonas estratégicas y permitir que los beneficios de esta transformación lleguen a una mayor proporción de la población guajira.
Para hacer viable esta visión, es indispensable que la cuádruple hélice —Gobierno, Empresa, Academia y Sociedad Civil— actúe de forma articulada. Hasta ahora, la descoordinación entre estos actores ha limitado el impacto de muchas políticas. No basta con identificar sectores promisorios; se necesita gobernanza colaborativa, coherencia institucional y voluntad de largo plazo.
La Guajira no puede seguir dependiendo de los vaivenes del mercado extractivo. Las rentas mineras, por importantes que hayan sido, son finitas y muchas veces no han sido gestionadas con visión de futuro. La transición no es una opción: es una necesidad. Pero no cualquier transición. Lo que está en juego no es solo un cambio económico, sino la posibilidad de construir un modelo territorial basado en el conocimiento, la identidad, la creatividad y el aprovechamiento sostenible de nuestros recursos.
La especialización inteligente no es un camino rápido ni sencillo, pero sí una apuesta realista, estructurada y transformadora. Y lo más importante: es una apuesta construida desde el territorio, con evidencia, participación y propósito.
Estamos aún a tiempo de hacer las cosas bien. De dejar atrás el modelo extractivo como única opción. Y de demostrar que La Guajira tiene no solo lo necesario para reinventarse, sino también lo imprescindible para liderar, desde su diversidad, un nuevo paradigma de desarrollo.
Estudiante Doctorado en Dirección empresarial, conocimiento e Innovación., Universidad del País Vasco (España).