Por: Victor Manuel De Luque Vidal
Riohacha amaneció con brisa suave, pero lo que se respiraba en el ambiente era más que aire cálido: era el pulso de la esperanza. En el Centro Anasmai, se dieron cita mujeres líderes, representantes de agencias internacionales y voces comunitarias para celebrar la Mesa de Mujeres por el Desarrollo de La Guajira organizada por La Tienda de la Empatía en alianza con ONU Mujeres, Ayuda en Acción y con el respaldo de la Embajada de Suecia. No fue un evento más. Fue una afirmación viva de que el cambio real comienza por escuchar, reconocer y caminar junto a quienes sostienen la vida desde el tejido invisible del cuidado y la comunidad.
En un auditorio atento, tomé la palabra para presentar el modelo de intervención social “Territorio de Equidad” de Air-e, una estrategia que va más allá de la presentación del servicio de energía y entra en el terreno del compromiso social, del desarrollo con rostro humano. En Yotojorotshi, este modelo ha cobrado sentido gracias a la alianza con la comunidad y al liderazgo de mujeres como Liliana, quien ha impulsado un proceso de fortalecimiento económico y cultural a través del arte del tejido. Allí, la energía no es solo luz: es autonomía, dignidad y oportunidad.
Durante mi intervención, tuve la oportunidad de compartir esta estrategia que reconoce que el acceso a los servicios esenciales, como la energía, debe estar vinculado al desarrollo humano, la inclusión y la justicia social. En la comunidad de Yotojorotshi, este modelo ha encontrado un terreno fértil gracias al trabajo colectivo, el respeto por los saberes ancestrales y la fuerza de sus liderazgos femeninos.
Liliana no necesita títulos rimbombantes para ejercer liderazgo. Basta verla guiar a las mujeres tejedoras con la paciencia de quien conoce cada hilo como una historia. En cada mochila, en cada diseño, se entretejen saberes ancestrales y proyectos de futuro. Su voz pausada, su mirada firme, su compromiso constante, son el mejor testimonio de que el verdadero desarrollo nace del territorio y florece cuando se confía en las capacidades de las mujeres.
Ella se destaca como un ejemplo inspirador, una mujer comprometida con el tejido literal y simbólico de su comunidad. Con las manos hábiles de las mujeres tejedoras, Liliana ha liderado un proceso que no solo ha generado ingresos, sino que ha fortalecido la identidad cultural, el sentido de pertenencia y la autonomía femenina. Su historia nos recuerda que los hilos del desarrollo se urden también en las enramadas, los telares, los fogones y las conversaciones entre mujeres.
Como hombre, guajiro y líder del proceso, esta experiencia también me convoca a la reflexión. Me interpela desde el lugar de los privilegios para asumir una responsabilidad distinta: escuchar con humildad, desaprender estructuras impuestas y reconocer que el verdadero liderazgo no se impone, se construye. Acompañar estos procesos no es un acto de apoyo, es una deuda histórica. Y en cada mujer que lidera, veo una posibilidad concreta de futuro más justo y colectivo.
La embajadora de Suecia, Helena Storm, la directora de ONU Mujeres, Bibiana Aído, la primera dama, Sara Daza y Diana Quimbay, Directora de Ayuda en Acción, escucharon con atención. Las mujeres Wayuu también hablaron, y no solo con discursos, sino con su sola presencia llena de historia y dignidad. En La Guajira, el desarrollo se teje despacio, con hilo fino, con la sabiduría de quienes han aprendido a resistir sin renunciar a la esperanza.
Este encuentro reafirma que el desarrollo de La Guajira debe construirse con enfoque diferencial, respetando la riqueza cultural del pueblo Wayuu y promoviendo la participación activa de las mujeres en todos los niveles de decisión. Las alianzas entre lo local y lo global, entre la técnica y la tradición, entre la institucionalidad y la comunidad, son hoy más necesarias que nunca.
Porque si queremos transformar realidades, debemos empezar por escuchar a quienes han sostenido la vida aún en medio de las adversidades. Y en La Guajira, esas voces tienen nombre, rostro y fuerza de mujer.
Y en este salón lleno de colores, tejidos y palabras, quedó claro que cuando las mujeres lideran, el territorio florece. No hay desarrollo sin equidad, y no hay equidad sin mujeres.