𝐂𝐚𝐫𝐥𝐨𝐬 𝐒𝐞𝐫𝐫𝐚𝐧𝐨 𝐂𝐨𝐭𝐞𝐬: 𝐠𝐮𝐢𝐭𝐚𝐫𝐫𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐫𝐞𝐥𝐚𝐭𝐨 𝐲 𝐭𝐫𝐨𝐯𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝

  • 𝑬𝒑𝒊́𝒈𝒓𝒂𝒇𝒆:
  • «𝑬𝒍 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅𝒆𝒓𝒐 𝒑𝒆𝒓𝒊𝒐𝒅𝒊𝒔𝒎𝒐 𝒏𝒐 𝒔𝒆 𝒎𝒊𝒅𝒆 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒂 𝒓𝒂𝒑𝒊𝒅𝒆𝒛 𝒄𝒐𝒏 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒆 𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂𝒏 𝒍𝒂𝒔 𝒉𝒊𝒔𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂𝒔, 𝒔𝒊𝒏𝒐 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒂 𝒑𝒓𝒐𝒇𝒖𝒏𝒅𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒄𝒐𝒏 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒖𝒄𝒉𝒂𝒏.»

POR ALEJANDRO RUTTO MARTINEZ

Maicao amanece con un rumor distinto. Entre los gritos del mercado y el silbido del viento, vuelve una voz conocida, una voz que nunca se alejó del todo. 𝐂𝐚𝐫𝐥𝐨𝐬 𝐒𝐞𝐫𝐫𝐚𝐧𝐨 𝐂𝐨𝐭𝐞𝐬 𝐡𝐚 𝐫𝐞𝐠𝐫𝐞𝐬𝐚𝐝𝐨 𝐚𝐥 𝐚𝐢𝐫𝐞, 𝐲 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚 𝐬𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐛𝐫𝐢𝐬𝐚 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐜𝐚𝐜𝐭𝐮𝐬: 𝐟𝐢𝐫𝐦𝐞, 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐚, 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐚𝐫𝐢𝐚.

Hace dos meses dejó atrás el receso y encendió de nuevo los micrófonos de 𝐄𝐥 𝐎𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐏𝐞𝐧𝐢𝐧𝐬𝐮𝐥𝐚𝐫. La cabina, de 𝐏𝐫𝐨𝐠𝐫𝐞𝐬𝐚 𝐑𝐚𝐝𝐢𝐨, vibra otra con el pulso de La Guajira. La tierra volvió a tener su cronista, esa figura que escucha primero y habla después, que encuentra la noticia en la sonrisa de un vendedor de lotería o en la protesta de una madre wayuu frente a la alcaldía.

Carlos nació en Riohacha, donde el mar lame las piedras con el mismo amor conque el padre tierno acaricia a su hijo y el sol se instala como huésped permanente. 

Allí aprendió a leer los signos del pueblo. Comenzó a trabajar en el periodismo con la certeza de que su oficio tenía un solo compromiso: la gente. 𝐌𝐮𝐲 𝐭𝐞𝐦𝐩𝐫𝐚𝐧𝐨 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐧𝐝𝐢𝐨́ 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐫𝐢𝐨𝐝𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐧𝐨 𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐛𝐚𝐫𝐫𝐞𝐫𝐚, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐞𝐧 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨, 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐚𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨, 𝐬𝐞 𝐦𝐨𝐣𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐳𝐚𝐩𝐚𝐭𝐨𝐬, 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐠𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐨 𝐲 𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐧𝐨𝐭𝐢𝐜𝐢𝐚.

Dirigió Ondas de Riohacha y trabajó en Radio Almirante de Riohacha. A partir de entonces, su nombre entró en la historia radial del Caribe. Recorrió medios impresos, televisión, y todas las emisoras que han tejido el mapa sonoro de Riohacha y Maicao. 

A cada paso sumó oyentes, respeto y una biblioteca de anécdotas con sabor a totumo, a mango pintón, a carbón recién apagado.

«𝐒𝐮 𝐭𝐢𝐧𝐭𝐚 𝐡𝐚 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐨 𝐥𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚, 𝐲 𝐬𝐮 𝐯𝐨𝐳 𝐡𝐚 𝐝𝐚𝐝𝐨 𝐯𝐨𝐳 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐬𝐢𝐧 𝐯𝐨𝐳», afirma un colega que lo vio abrir espacios donde solo había silencio. 

No buscó reflectores; su estilo apostó por lo esencial: mirar a los ojos, escuchar con respeto, preguntar con inteligencia, apuntar con precisión en una libreta repleta de recuerdos.  Con 𝐄𝐥 𝐎𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐏𝐞𝐧𝐢𝐧𝐬𝐮𝐥𝐚𝐫, ofreció un escenario donde las historias locales encontraron a alguien que supiera contarlas y convertirlas en verdad con apellido.

En la redacción del noticiero no había tiza y tablero para enseñar. Bastaba verlo cuando tomaba la grabadora, miraba un papel y levantaba la ceja. Así formó a varias generaciones de periodistas. No dictó clases, pero enseñó desde el ejemplo: con puntualidad, con rigor, con respeto absoluto por la palabra ajena.

Cuando el ambiente se tensaba en La Voz de la Pampa, sacaba su guitarra. Con la suavidad de quien conoce los secretos del alma, afinaba las cuerdas y dejaba escapar un bolero. El aire se transformaba. Las voces se calmaban. El periodismo se volvía música y la verdad tomaba forma de canción.

“El periodismo es una pasión que ha alimentado su espíritu durante años”, repite alguien que lo conoce, con voz pausada. No dramatiza. Describe lo que vive. 

Para él, informar significa acercarse al fogón de una casa en el barrio Divino Niño, sentarse en la banca y compartir un café oscuro con la historia. Percibe la noticia en los aromas de la calle, en los murmullos del mercado, en la textura áspera del desierto.

Desde Maicao, vuelve a narrar a La Guajira con los sentidos abiertos. Le presta color al micrófono: el rojo de los kioscos, el amarillo del maíz que venden por potes los depósitos del mercado, el azul desvaído del cielo. Siente cada historia en la piel. Atrapa los sonidos que otros descartan. 

Mira más allá del encuadre y saborea las palabras como quien prueba un dulce artesanal de la plaza.

Carlos Serrano Cotes no pide homenajes. Se comporta como espejo que se niega a reflejar por no parecer vanidoso, como árbol frondoso que se inclina para no apocar a los demás con su sombra frondosa. Su grandeza no hace ruido, pero sí deja rastro. Su periodismo no exige, ofrece. No grita, convence. No adorna, ilumina.

Cronista de palabras y acordes. Guitarrista del relato y trovador de la verdad. Desde el corazón de Maicao, sigue contando la vida sin apuros ni atajos. Cada frase suya deja huella, como las pisadas que el viento aún respeta sobre la arena guajira.

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