POR SAIT IBARRA LOPESIERRA
La llegada de las elecciones parlamentarias en La Guajira, como en otras regiones del país, no solo representa un ejercicio democrático, sino también un momento de profunda incertidumbre para la ciudadanía. A medida que se acercan los comicios, crecen las dudas, los cuestionamientos y, en muchos casos, el desinterés de los electores, quienes se sienten atrapados entre promesas repetidas y realidades que no cambian.
Históricamente, La Guajira ha enfrentado retos significativos en materia de representación política. Pese a ser un territorio rico en recursos naturales, su población convive con altos índices de pobreza, deficiencias estructurales en salud, educación, acceso al agua potable y servicios públicos. Este desfase entre riqueza y desarrollo ha generado desconfianza hacia las instituciones y hacia quienes las representan. Los electores se preguntan: ¿por qué votar si nada cambia? ¿Quién garantiza que los elegidos velarán realmente por el bienestar del pueblo y no por sus intereses particulares?
Uno de los factores que alimenta esta incertidumbre es la persistente presencia de estructuras clientelistas, donde el voto se intercambia por favores o beneficios momentáneos. Este fenómeno debilita la democracia y dificulta el surgimiento de liderazgos genuinos, comprometidos con las necesidades del departamento. Además, en muchos casos, la ciudadanía no cuenta con información suficiente ni accesible para tomar decisiones informadas. Las campañas políticas se limitan a recorridos y discursos vacíos,sin una verdadera discusión sobre propuestas, planes legislativos ni compromisos con el desarrollo regional.
Por otra parte, las nuevas generaciones, especialmente los jóvenes wayuu y urbanos, se debaten entre el desencanto y la necesidad de cambio. Mientras algunos deciden abstenerse, otros comienzan a organizarse, a participar en espacios de debate y a exigir una política más limpia y representativa. Esta movilización, aunque aún incipiente, es una señal de esperanza para una región que necesita romper con las viejas prácticas y abrir espacio a voces frescas, éticas y comprometidas.
La Guajira requiere representantes que entiendan las realidades del territorio, que legislen con conocimiento de causa y que ejerzan control político para garantizar que los recursos públicos se administren con transparencia. Pero este tipo de líderes no surgen por arte de magia; deben ser identificados, apoyados y vigilados por una ciudadanía activa, crítica y consciente de su papel en la construcción de una sociedad más justa.
El momento electoral debe ser aprovechado para reflexionar sobre la responsabilidad del voto. Votar no debe ser un acto automático ni condicionado por la necesidad inmediata, sino una decisión libre y fundamentada en principios, propuestas y trayectorias. Es indispensable que la población exija debates, compare planes de gobierno y se mantenga informada.
La incertidumbre actual no debe convertirse en parálisis, sino en motor de transformación. En vez de resignarse, el pueblo guajiro puede hacer de esta coyuntura una oportunidad para empezar a cambiar el rumbo político del departamento. La solución no está en la abstención sino en la participación consciente, en la vigilancia ciudadana constante y en laformación de nuevas generaciones que entiendan la política como un servicio y no como un privilegio.
Las elecciones parlamentarias en La Guajira son mucho más que una jornada democrática; son un espejo de nuestras esperanzas y frustraciones colectivas. Frente a la incertidumbre, es momento de asumir el voto como una herramienta poderosa para exigir el cambio que el territorio merece. Solo así será posible empezar a escribir una nueva historia política, más digna, más ética y más representativa.