La «ficcionalización de la realidad» en la obra de Limedis Castillo Mendoza 

En la obra de este autor guajiro se manifiesta como una estética narrativa donde la ficción no se opone a la realidad, sino que la recrea y le otorga nuevos sentidos, incluso exponiendo «otros mundos posibles». El autor utiliza referentes reconocibles de la cotidianidad, pero los somete a «cambios imprevistos» o los «rarifica» para revelar verdades más profundas sobre la condición humana. La historia literal se convierte en un «vehículo» o «excusa» para contar una «historia mayor, concerniente a lo humano». Esta aproximación permite una «radiografía de la realidad más allá de sí misma», donde lo verosímil despierta asombro y el lenguaje se impregna de un «halo mágico».

Esta estética se observa de diversas maneras en los cuentos:

• Alteración de la percepción y la memoria:

En «La Maquerelle», la realidad de la protagonista como dueña de un cabaret se difumina hacia un final sorprendente donde podría estar internada en una institución mental, sugiriendo que su vida de antaño es una simulación o un recuerdo distorsionado.

«El desprendimiento» lleva la metáfora de la soledad y la pérdida de identidad a un plano literal: un hombre cuya sombra lo abandona y la busca desesperadamente, llevándolo a cometer un crimen. La sombra se convierte en un ser con agencia, entrelazando lo psicológico con lo fantástico.

En «Zapatos 43», la experiencia de un observador en la escena de un cadáver se vuelve inquietantemente personal cuando descubre que el cuerpo sin nombre lleva sus propios zapatos y parece mirarlo. La realidad de la muerte y la identidad se «rarifica» a través de esta identificación.

«Delirio» juega con la ambigüedad de la realidad y la fantasía. Un joven con fiebre experimenta una seducción por parte de su arrendataria, Magali, que puede ser un evento real o un producto de su delirio, especialmente cuando ella le habla de meses de alquiler impago durante el acto.

En «Mi tía Edna», la obsesión voyeurista y sexual del adolescente por su tía, exacerbada por el descubrimiento de sus fotos íntimas y la instalación de una cámara, crea una realidad interna y una vivencia de «infierno y abismos» que solo él percibe con esa intensidad. La negación de la tía sobre su propia masturbación, a pesar de que él la grabó, subraya la discrepancia entre la realidad vivida y la negada.

• Transformación de lo real en simbólico o mitológico:

«El hombre que nada buscaba en una ciudad pequeña» presenta a un ladrón de lápidas y poeta solitario. Su búsqueda existencial y su relación con la muerte se intensifican cuando desentierra un cadáver que viste su misma ropa y zapatos, sugiriendo una confrontación con su propia mortalidad o destino. La ciudad misma, Dunaria, es descrita como una «ciudad de cementerios», elevando el escenario a un plano simbólico.

La historia «Dunaria y el Fuego» (la historia dentro del libro del mismo nombre) convierte el basurero de una ciudad en un lugar de revelación y significado profundo. El hallazgo de «el libro de arena» y la aparición de una «llama fantástica, azul, inextinguible» en la hoguera del basurero transforman la dura realidad de la pobreza en un escenario casi místico y apocalíptico.

«Ruina del Convento» y «Una puerta en el desierto» (que se solapan en sus temas) llevan a un sacerdote a enfrentar fenómenos inexplicables en un convento y una ranchería, respectivamente. En «Ruina del Convento», los supuestos cuerpos embalsamados de figuras religiosas y militares por el sacristán que «había resucitado de entre los muertos» y la «procesión de hombres horizontales» en la cripta convierten un lugar de fe en un espacio de horror y transgresión sobrenatural. En «Una puerta en el desierto», la estatua de Chamma (una criatura mitológica Wayuu) se transforma en un ser vivo que devora animales y personas, y el sacerdote, al final, encuentra a un hombre (posiblemente el antropólogo del diario) cuya mirada le resulta familiar, difuminando los límites entre el mito y la realidad. En el cuento «Chamma» (de otro libro), se desarrolla esta misma historia con el antropólogo y el sacerdote, donde la criatura mitológica cobra vida y esclaviza al sacerdote.

• Exploración de lo humano en situaciones extremas o transgresoras:

En «Doce de Espadas», el relato de un sacerdote homosexual que visita una adivina para saber de su futuro y su amor, y su posterior encuentro con un hombre que parece cumplir una profecía, introduce una exploración de la sexualidad y la fe en un contexto «inesperado», otorgándole un valor semántico más allá de la mera anécdota.

«Olor a Cebolla» sumerge al lector en la vida de un adolescente con hipersomnia, explorando su sexualidad, el consumo de alcohol y marihuana, y sus relaciones íntimas. La fijación por el «olor a cebolla» es un detalle «rarificado» que eleva lo cotidiano y lo dota de un significado erótico y confuso para el protagonista.

«Perfume en las sábanas» aborda un amor lésbico y el dolor de su pérdida, donde el recuerdo de la pareja ausente se manifiesta a través de un «olor inolvidable». La protagonista no puede escapar de este recuerdo ni siquiera en una nueva relación, lo que demuestra cómo los sentimientos se materializan y persisten en la «ficcionalización de la realidad».

«Flor Surrealista» presenta una relación adúltera entre un joven, la amante de su profesor de literatura, y finalmente el profesor mismo. La orgía literaria y sexual, donde el profesor recita poesía mientras ocurren actos transgresores, fusiona el arte con el desenfreno humano, llevando la realidad a límites «inimaginables».

«Fragancia» explora una relación entre un hombre y una mujer transgénero (Connie), introduciendo la complejidad de la identidad sexual y el deseo a través de detalles sensoriales como el «olor a motel» y una «voz casi azul». La historia «expone otros mundos posibles» de relaciones y sexualidades.

«Laboratorio» lleva al extremo la exploración de la mente humana. Un profesor con esquizofrenia y depresión «experimenta» con gatos para probar métodos de suicidio. Esta «simulación» de la realidad de la enfermedad mental revela «verdades más fuertes que las micro verdades que llenan nuestras vidas cotidianas».

«Ora pro nobis peccatoribus» muestra el encuentro entre un fraile que es provincial de los Franciscanos y un barman/trabajador sexual. El fraile, aparentemente una figura de autoridad religiosa, se involucra en actos sexuales transgresores, pidiendo ser flagelado y usando juguetes sexuales. Esta representación choca y subvierte las expectativas de la realidad, creando una experiencia «rarificada» de la dualidad humana y la transgresión de los roles sociales.

• Crítica social a través de la exacerbación de la realidad:

En «Por aquí, no más», la voz de un sepulturero que entierra cuerpos de víctimas de la violencia sin identificarlos expone la brutalidad de un conflicto sin nombre. La «ficcionalización» aquí es dar voz a la indiferencia y la desesperanza de los que quedan, y la forma en que la muerte «deforma» los rostros, negando la identidad y la humanidad.

«El hombre del árbol» presenta el suicidio de un hombre que se cuelga con una bandera, y la reacción «morbosa» y especulativa de la multitud que le toma fotos y crea narrativas sobre su muerte. Esto es una «radiografía de la realidad más allá de sí misma», mostrando cómo un evento trágico se consume y se distorsiona en la esfera pública.

«Amapola y el mar» aborda el delito de acceso carnal con una menor desde la perspectiva del acusado, un profesor. La «ficcionalización» se produce en su autojustificación, en la construcción de una narrativa donde él es la víctima y la menor la «embaucadora». El relato expone las dinámicas de poder y la distorsión de la verdad en un caso de «denuncia contemporánea».

«La diligencia» da voz a dos cuerpos desaparecidos y desmembrados que, desde su fosa, relatan sus muertes y la búsqueda de sus restos. Esta es una forma potente de «erigir otra realidad» que coexiste con la de los vivos, otorgando agencia y humanidad a las víctimas invisibilizadas por la violencia, y criticando la amnesia estatal y la impunidad.

La «ficcionalización de la realidad» en los cuentos de Limedis Castillo Mendoza es una herramienta estética que toma elementos de la vida cotidiana y los transforma mediante la incorporación de lo insólito, lo simbólico, lo psicológico o lo transgresor, creando «mundos» que, aunque simulados, resuenan con «verdades comunes a todos los humanos». Esto permite al autor no solo narrar historias, sino también «reconstruir los signos que percibimos» para dotarlos de un «mayor valor semántico», llevando al lector a un «abismo de múltiples sentidos».

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