Con altura: el sueño cultural de Gerardo Toro Aguilar para Riohacha

Una ciudad que se despierta con el murmullo del mar y la sabiduría ancestral del viento guajiro, hay un hombre que camina con chaqueta, porte firme y palabras que abrazan: Gerardo Toro Aguilar, hijo del centro de Riohacha, de la emblemática calle 10, la del Carmen. Un  riohachero enamorado de su tierra, de su historia, y especialmente de su cultura.

Nacido en el hogar de una familia profundamente riohachera, Gerardo es fruto de una herencia intelectual y afectiva. Su padre, el doctor Lacides Toro Ávila, reconocido abogado y excongresista; su madre, Lourdes Aguilar de Toro —poeta, escritora de cuentos costumbristas, coleccionista de boleros—, a quien hoy dedica su más reciente logro: dirigir el rumbo de la cultura en una ciudad que este año celebra 480 años de historia.

“Mi madre fue mi entrenadora para este momento”, dice con voz serena, “me enseñó a ser un líder con humildad, con carisma, con sencillez, pero también con elegancia, esa del hombre caribe que soy y represento”.

Una ciudad con memoria viva

Más que organizar eventos o gestionar presupuestos, Toro tiene una visión mucho más ambiciosa: recuperar el orgullo de ser riohachero, y proyectarlo al país y al mundo. “Riohacha es una ciudad caribe, elegante, culta, bien hablada. No somos menos que nadie, pero sí nos hemos olvidado de lo que somos. Y es momento de pedirle perdón a nuestra ciudad por eso”.

Habla de “altura” no como una pretensión, sino como una actitud: “Altura es tratarnos con respeto, con amor, indistintamente de la raza, del credo, de dónde vengas. Pero también es recordar que quienes llegan deben respetar nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestra esencia wayuu, nuestra Kasha, nuestra Yonna”.

En su discurso, la “riohacheridad” —término que repite como mantra— no es un simple gentilicio, sino una filosofía. Una responsabilidad colectiva. “Aquí caben todos, pero sin olvidar quiénes somos”.

El reto de la reconstrucción cultural

Gerardo Toro, no esperó mucho para actuar. Una de sus primeras decisiones como director fue cerrar la antigua sede de la oficina de Cultura, deteriorada por el tiempo. “No podíamos seguir trabajando en un espacio que no dignifica la cultura. Había que tomar una decisión disruptiva: transformar, reconstruir, y entregar un templo de la cultura a la ciudad”.

Ese templo que imagina no es solo una casa bonita: es un centro activo de formación artística, con salones para danza, teatro, música, pintura, audiovisuales… Un espacio vivo donde la niñez y la juventud puedan aprender, expresarse y conectarse con su historia.

Y, sobre todo, sueña con un lugar emblemático que hoy no existe: La Casa del Carnaval. “¿Dónde están los rostros de Ana Bella Magdaniel, Rosa Gómez de Herrera, Mariana Gómez, Arlene Bruges? No es justo que no podamos verlos, conocerlos, recordarlos”.

El carnaval de Riohacha, uno de los más antiguos de Latinoamérica, merece —según Toro— un lugar visible y permanente, abierto los 365 días del año. “No puede ser solo en febrero. Tiene que ser una experiencia cultural constante, para nosotros y para los visitantes”.

También lanza una crítica serena, pero firme: Riohacha es la única ciudad capital en Colombia que no cuenta con una sede oficial de su Academia de Historia

“¿Dónde llega un turista a conocer la historia de nuestra ciudad? Hoy, solo algunos restaurantes han tomado la iniciativa. Pero no es suficiente”.

Elegancia y comunicación: la cultura también se viste

Mucho se ha dicho de su forma de vestir. Siempre impecable, siempre con chaqueta. Pero no es vanidad. Es un acto de coherencia y de mensaje. “Me visto como un hombre caribe, como el riohachero elegante que siempre fuimos. La elegancia comunica. La cultura también entra por los ojos”.

Pero su mensaje va más allá del atuendo. Apela a los artistas, gestores y hacedores culturales a unirse, a comunicarse mejor, a concertar. “No aceptamos comunicaciones grotescas ni faltas de respeto. El verdadero riohachero se distingue por la forma en que habla, en que concilia, en que construye con otros”.

480 años y el futuro

Este 2025, Riohacha cumple 480 años. Y mientras algunos celebran, otros aún no lo creen. Gerardo Toro, en cambio, lo vive como un hito que puede marcar un antes y un después.

“Este es un pueblo que fue quemado tres veces, que ha resistido, que ha luchado. Pero esa lucha no puede seguir siendo entre nosotros. Hay que tirar todos la pita para el mismo lado. 

La guerra que necesitamos es una guerra positiva, de calidad, de excelencia, de amor por lo nuestro”.

En su voz hay esperanza, en su visión hay un plan. Pero también hay una invitación que no deja lugar a dudas: “Aquí estoy. De puertas abiertas. Para todos. Para que juntos, con altura, hagamos de Riohacha lo que siempre ha debido ser: una capital cultural del Caribe, de Colombia y del mundo”.

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