El sueño que inspiró a la emprendedora Ana José Freile con los Chorizos de chivo hoy es una realidad…

Ana José Freiles Suárez no soñó con chorizos de chivo… al menos, no al principio. Nació en Riohacha, La Guajira, de sangre Wayúu, del clan Epinayú y de la descendencia de Ana Bella Magdaniel Deluque, su abuela, su guía y la mujer que sembró en ella el amor por su cultura. Se crió en su niñez en la zona de Aritallen corregimiento del Pajaro, en el municipio de Manaure, donde aprendió a ver la vida desde los ojos de sus ancestros.

Hoy, es psicóloga de profesión, madre, docente universitaria y, además, emprendedora. Su empresa «Productos Kaa’ura»—aún sin planta industrial, pero con corazón y tradición— es pionera en un producto poco común, casi inédito en el mercado colombiano: chorizos artesanales de carne de chivo, una creación que, según cuenta, nació literalmente en un sueño.

Un sueño que olía a parrilla

“Estábamos en Villanueva, La Guajira, en un asado familiar, cuando vi los chorizos en la parrilla y recordé el sueño de la noche anterior, donde Dios me mostraba una fábrica y comercialización de chorizos de chivo”, relata Ana, con una mezcla de mística y certeza.

De manera curiosa, preguntó a su familia si conocían el producto. Nadie lo había oído mencionar. Ahí comenzó a tomar forma una idea innovadora: investigar, experimentar, fallar y, finalmente, emprender.

“No sabía cómo hacer un chorizo. Tuve que improvisar un embudo con una botella plástica. Me quedaban salados, sin sabor, pero fui mejorando. Fue ensayo y error”, dice, sonriendo con la humildad de quien sabe lo que cuesta construir algo desde cero.

Más que un producto, una causa

Hoy, cinco años después de aquel sueño, Ana lidera un emprendimiento que no solo genera ingresos, sino que teje comunidad. Involucra a mujeres Wayuu, expertas en el manejo de la carne de chivo, y a hombres que pastorean los rebaños en las rancherías.

Su pequeño equipo trabaja desde una cocina adaptada en su casa —una «cocina oculta», como le llaman hoy— donde cada semana producen con las herramientas que han podido adquirir: un molino pequeño que se recalienta, una embutidora manual, y mucha voluntad.

Ana no vende solo chorizos. Vende dignidad, cultura, territorio e innovación.

Su propuesta busca posicionarse como una alternativa nutritiva, artesanal y autóctona de La Guajira. “Queremos que los turistas se lleven algo que realmente represente a nuestro departamento. Que sepan que el chivo no es solo para el sancocho. También se puede comer en un chorizo bien hecho, con identidad.”

Una psicóloga que huele a chivo (y a éxito)

Ana se graduó como psicóloga en Bogotá en la Universidad Korand Lorenz y hoy combina su profesión con la docencia en la Universidad de La Guajira, donde dicta clases de teorías y técnicas de entrevista. Pero su pasión emprendedora no está desligada de su formación: en su proyecto se cruzan lo social, lo cultural y lo económico.

“El chorizo de chivo no es solo un alimento, es una causa que fortalece nuestras raíces. Detrás de su elaboración participan mujeres wayuu expertas en el arte de trabajar esta carne y hombres dedicados al pastoreo de los chivos. Cada eslabón de esta cadena productiva revitaliza el valor de nuestra cultura y promueve empleo digno en nuestras comunidades.”

Un producto con alma guajira

Con el apoyo de aliados como el Centro de Innovación y Emprendimiento (CIE), Tecnoparque (nodo Valledupar), Hocol, Fundación Co-impacto B, la Cámara de Comercio y Bambalinas, Ana ha logrado formalizar su fórmula, definir, registrar su imagen y patentar su idea, actualmente  a logrado consolidar tres líneas de producto en las cuales se encuentran:

* Chorizo Premium: 100% carne de chivo

* Chorizo Ahumado

* Chorizo Combinado: mezcla de carne de chivo con otras carnes

Cada uno representa una propuesta innovadora dentro del panorama gastronómico guajiro, con un sello artesanal y saludable que marca la diferencia.

Ana sueña con tener una planta propia, con exportar sus productos, con ver su marca en los supermercados de Colombia y más allá. Pero sabe que nada de eso se logrará sin trabajo. Por eso insiste, persiste y resiste.

Cocina oculta, sueños visibles

Actualmente, la producción se realiza desde casa, en un espacio adaptado con esfuerzo familiar. La maquinaria es básica: un molino que hay que apagar frecuentemente para que no se sobrecaliente, un embutidor manual y la tenacidad de una mujer que decidió no rendirse.

“No tenemos aún una planta, pero trabajamos cada fin de semana, sacamos la producción y la comercializamos durante la semana. Con lo poco que tenemos, hacemos mucho y lo hacemos con amor”, cuenta.

Un mensaje sin miedo

A quienes la señalan con la intención de ofender como «Ana, la que hace chorizos», ella responde con orgullo:
“Sí, soy Ana, la de los chorizos. Pero pronto seré Ana, la empresaria, la exportadora de productos Kaa’ura. Porque si algo me ha enseñado este camino, es que el miedo se deja atrás. Empecé con 200 mil pesos, sin materiales, pero con fe y una idea clara. Y aquí estoy con un producto innovador”.

Su historia no es solo la de una emprendedora más, sino la de una mujer que entrelaza sus raíces indígenas, su formación profesional y su fe en Dios para construir un legado. Un proyecto que no solo alimenta, sino que también preserva cultura, genera empleo y ofrece al mundo un bocado distinto de La Guajira.

“Mi sueño es ver nuestros chorizos en otras regiones, en otros países. Que cuando un turista venga a La Guajira, se lleve algo típico, auténtico, algo nuestro. El chivo es parte de nuestra identidad, y no podemos permitir que se pierda”, concluye.

En la Guajira profunda, donde la arena se cuela por las rendijas de las puertas y el viento canta en wayuunaiki, Ana sigue soñando. Pero ahora, despierta.

Sabe que los sueños tienen sabor, textura y olor. Y que, a veces, cuando se hacen con amor, pueden llegar hasta la mesa del mundo.

Y es que, en la historia de Ana, los sueños no solo se sueñan… se cocinan, se embuten y se saborean.

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