Por José Miguel Siosi
Retomando lo escrito por Marga Palacio Bruges, a mediados de la década de los 70, dos jóvenes llegaron a Riohacha, procedentes del municipio de Manaure, y se establecieron en el barrio El Guapo. Estos muchachos son los hijos de Tele y Hugo, y sus abuelos paternos, Piojo Robles y Ocha Toncel Annicharico ambos ya fallecidos, según lo expresado por mi mamá Lina Ocha, ya fallecida siempre afirmó que su familia residió en una casa de piso alto ubicada en la calle Segunda, entre las carreras 9 y 10.
Estos dos hermanos, al integrarse en el barrio El Guapo, los comenzaron a llamar de manera jocosa por cariño y familiaridad como Neno Robles y K-loy, quienes con su presencia dejaron una huella imborrable en el barrio. Allí comenzaron a formarse sus primeras amistades. Cabe aclarar que no mencionaré nombres reales, pues muchos en el barrio no los conocían por sus verdaderos nombres sino por su sobrenombre o apodos.
En ese entonces nos reuníamos frente al cementerio, que servía como cancha, para observar los clásicos deportivos entre Barrio Abajo (El Guapo) y Barrio Arriba (Centenario). En representación de nuestro barrio jugaban nuestras glorias de la vieja guardia Edgar Toro y Kalinga Romero, hacían también parte del equipo Toño, Jimmy la Culona, Amboto Sierra, Icho Cochinito, Nano Mengual, Juan Pavita, Chipilin Gutiérrez, Billete Torres, Chivo Sierra, Feo Cotes, Capacho Lesport, Mingo culo sungo, Julio Elías, Edgobe (Fallecido), Paton Bauza, y Chande Ibarra entre otros etc,. Nosotros, los niños del barrio, participábamos en las categorías infantil y prejuvenil, con jugadores como Mono Romero, Cener Romero, Cheque Julio, Pepita Cotes, Chin Cotes, Yosmi Cotes, Covis Siosi, Chombi Mejia, Chonti Bermudez y Mambito Torres. También llegaron a unirse a las prácticas los hermanos Robles Neno y K-loy.
K-loy, aunque era algo inquieto no se destacaba en el fútbol en pocas palabras, no daba la talla era un paquete chileno, se caracterizaba por su pasión desbordada por el Junior de Barranquilla, su espíritu analítico, su dedicación al estudio y su amor por las estadísticas lo hacían sobresalir entre nosotros.
Esa mezcla de perseverancia y humildad fue la que, con el tiempo, lo llevó a superar expectativas y a convertirse en un verdadero orgullo para nuestro barrio. Aquel joven, como tantos otros llenos de sueños, se preparó con esfuerzo y dedicación. Alcanzó el título de profesional, y fue Dios quien le brindó la oportunidad de asumir la dirección de nuestra Universidad. En su momento, muchos pensaron que el cargo le quedaría grande, pero con hechos y resultados, les demostró lo contrario. Hoy, no hace falta repetir lo que la comunidad ya conoce: los logros hablan por sí mismos.
En este escrito, deseo recordar con afecto los sobrenombres y apodos con los que nos identificábamos en nuestro querido barrio “El Guapo”, como muestra del cariño y la hermandad que nos unía, y fue precisamente un hijo adoptivo de El Guapo quien alzó con orgullo el nombre del barrio: ese es K-loy.
El barrio El Guapo da fe de su honestidad, seriedad y transparencia en cada uno de sus actos, tanto profesional como ser humano.