Hablar de Juan Enrique Díaz Durán es adentrarse en un universo donde la palabra, el verso y la música se convierten en servicio para la comunidad. Humilde servidor, poeta, compositor, verseador y contador público, Juan Enrique es, como muchos lo describen, “un libro abierto” siempre dispuesto a escuchar, orientar y compartir su talento con quien toque a su puerta.
Su vínculo con el folclor vallenato no es una casualidad ni una moda pasajera. Para él, el talento nace con la persona. “Manito, el talento nace con uno”, dice con la naturalidad de quien reconoce que su camino artístico empezó desde muy temprano. Llegó a Riohacha con apenas siete u ocho años y ya traía consigo una inclinación marcada por la música y el verso, impulsado inicialmente por su hermano mayor, quien fue el primero en abrir ese sendero y dejarle como herencia un talento que hoy sostiene y representa con orgullo, como parte de una dinastía familiar ligada al folclor.
Los primeros pasos sobre el escenario
Su primera presentación ocurrió cuando aún era un niño. Recuerda con claridad aquel momento en San Juan, cerca de cumplir los ocho años, y luego en Riohacha alrededor de los nueve. Fue en actos cívicos organizados por el colegio Gabriela Mistral, junto a un pequeño grupo de amigos. Con timidez, nervios y muchas dudas propias de la edad, interpretó la canción Bonita, de la autoría de Diomedes Díaz, éxito grabado con Colacho Mendoza. Aquel instante marcó el inicio formal de un camino que, sin saberlo, lo acompañaría toda la vida.
El nacimiento de “Diomedito”
El apodo de “Diomedito” no surgió por casualidad. Nació de la imitación y de la profunda admiración que desde niño sintió por el “Cacique de La Junta”. Rodeado de familiares, padrinos y amigos cercanos a la figura de Diomedes Díaz, Juan Enrique creció escuchando, sintiendo y viviendo ese estilo. Aunque con el tiempo fue desarrollando raíces propias y una identidad musical más amplia, nunca se apartó de esa esencia que marcó su forma de cantar, componer y versar.
Su respeto por el folclor es integral. Además de Diomedes Díaz, reconoce la influencia y grandeza de figuras como Adanies Díaz, Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Rafael Orozco, Villazón, entre muchos otros, a quienes considera leyendas que lo convencieron de que el vallenato es un legado que merece ser cuidado y engrandecido.
La piqueria: el arte del verso improvisado
La piqueria llegó a su vida como una inquietud temprana, nuevamente de la mano de su hermano mayor, Congones Acosta, quien ya se enfrentaba en duelos de versos. A los ocho años comenzó a aprender las bases, a experimentar con sus primeros versos y a mostrarse en escenarios intercolegiales.
Su talento se consolidó rápidamente. Participó en concursos en instituciones como el Liceo Padilla, Ignacio Cerromar, Nicolás de Federmán, Enrique Lallemand y el Ateneo Moderno, logrando cinco títulos consecutivos de piqueria infantil entre los nueve y los doce años. Al no existir en ese entonces la categoría juvenil, dio un salto directo a la profesional a los 13 y 14 años, compitiendo en festivales de San Juan, Fonseca, Barranca, La Jagua, La Paz y La Pajará, este último considerado por él como el embrión que lo impulsó a proyectarse a nivel nacional.
Como compositor, su recorrido es amplio y respetable: tres veces rey de piqueria, además de un título adicional, siete segundos lugares y seis terceros puestos, logros que lo llevaron a representar a Riohacha y a La Guajira en múltiples ocasiones en el Festival de la Leyenda Vallenata, donde ha participado cerca de 14 veces, alcanzando finales y semifinales.
Una mirada crítica al Festival Vallenato
Con la experiencia que dan los años, Juan Enrique reconoce la grandeza del Festival Vallenato, pero también su complejidad. Considera que es un escenario difícil, con múltiples componentes, donde la constancia es clave. “Hay que insistir, insistir, porque detrás del festival hay muchas cosas: organización, jurados, influencias”, afirma, sin perder la esperanza de que siga siendo una vitrina para los verdaderos talentos del folclor.
Tropiezos, perseverancia y nuevos proyectos
Como todo artista, admite haber enfrentado tropiezos, incluso en temas de seguridad, pero resalta la importancia del equilibrio y la fortaleza para levantarse, recordando enseñanzas de grandes maestros del vallenato.
De cara al presente y al futuro, Juan Enrique Díaz Durán tiene una propuesta clara: organizar y preparar su amplio repertorio de canciones para ponerlas al servicio de los intérpretes actuales. Su objetivo es que más obras sean grabadas, seguir creciendo como compositor y aportando a SAYCO. Reconoce que no todas las canciones encuentran camino fácil, ya sea por influencias, estilos o gustos, pero insiste en la importancia de la inteligencia artística: llevarle a cada cantante el estilo que lo identifica.
Canciones grabadas y legado en construcción
Su obra ya ha sido interpretada por reconocidos artistas y agrupaciones como Oñacosta, Aníbal Velásquez con Los Corraleros de Barranquilla, Mayro Bueno, Alejandro Huisman con El Papi Sarmiento, Wilder Valdiblanque con Azojota, Laureano Zuleta con Lucho Salas, entre otros. En total, cuenta con cerca de 17 canciones grabadas, un logro que considera importante, pero no definitivo en su camino artístico.
Humildad, sencillez y servicio
Más que humilde, Juan Enrique se define como una persona sencilla, cercana y entregada al público. “El que me toca la puerta, ahí voy a estar”, afirma, convencido de que la amistad y la lealtad se demuestran tanto en los momentos difíciles como en los fáciles.
Para componer, asegura que la inspiración llega cuando menos se espera. La chispa puede aparecer incluso en medio del dolor, como saliendo de un sepelio. Gracias a la tecnología, graba ideas, las organiza y da forma a canciones en poco tiempo, apoyado en su doble condición de verseador y compositor.
Un mensaje al folclor y a las nuevas generaciones
Finalmente, Juan Enrique Díaz Durán envía un mensaje fraterno a la opinión pública de Riohacha, a los compositores y versadores: agradece a los maestros del vallenato de quienes ha aprendido tanto y extiende su mano a quienes vienen detrás, abriéndoles las puertas de su experiencia y amistad.
Con versos, canciones y una vida marcada por la sencillez, Juan Enrique sigue escribiendo su historia en el folclor vallenato, honrando sus raíces y demostrando que el talento, cuando va de la mano de la humildad, se convierte en verdadero patrimonio cultural.