Che Agustín”, el precursor que sembró progreso en el desierto de Uribia

En las calles polvorientas de Uribia todavía hay quienes pronuncian su nombre con respeto y una sonrisa inevitable. José Agustín González Valera, el inolvidable “Che Agustín”, no solo fue comerciante ni transportador: fue parte del pulso que transformó al llamado desierto dorado en tierra de oportunidades.

Llegó siendo un niño en 1942, tomado de la mano de sus padres, cuando Uribia era apenas un caserío que soñaba con convertirse en municipio pujante. 

Allí creció entre caminos de arena y cardon aprendiendo pronto que en esa tierra el progreso no se heredaba: se construía con esfuerzo.

Su primera escuela fue el trabajo. Muy joven ingresó a una empresa estatal encargada de construir y mantener sistemas de agua para comunidades indígenas de La Guajira. Empezó como ayudante y terminó convertido en todo un constructor, aprendiendo a leer la tierra, a medir distancias bajo el sol inclemente y a cumplir la palabra empeñada. Aquella experiencia no solo le dio oficio; le enseñó disciplina y compromiso.

Con los años, el joven obrero se transformó en emprendedor. Se dedicó al transporte de materiales de construcción para escuelas y obras en distintos municipios del departamento. Su camión no solo llevaba cemento y varillas: transportaba desarrollo. En cada entrega dejaba algo más que carga; dejaba confianza. Quienes lo conocieron recuerdan su trato afable y su carácter firme, siempre dispuesto a ayudar.

En 1956 su vida tomó otro rumbo cuando unió su destino al de Benilda Brito Campo, la querida “Basílica”.

Sus hijos crecieron viendo a un padre que enseñaba con el ejemplo, que hablaba poco pero actuaba mucho, que creía en el trabajo como la mayor herencia.

Pero sería en 1973 cuando su nombre quedaría definitivamente ligado a la historia económica de Uribia. Ese año fundó la estación de gasolina JG sobre la antigua vía hacia Maicao. Lo que comenzó como un negocio se convirtió pronto en punto de encuentro obligado: transportadores, comerciantes y viajeros encontraban allí combustible y conversación. Más adelante creó la estación JG2, siendo pionero en la región al introducir surtidores eléctricos, un avance que marcó un antes y un después en el comercio local de combustibles.

Su visión no se detuvo ahí. Impulsó el transporte de carga y dinamizó el sector de la construcción en el municipio. Fue protagonista silencioso del crecimiento urbano, de las obras que levantaron escuelas, viviendas y espacios comerciales. 

Mientras Uribia crecía, él también lo hacía, siempre fiel a su principio de no abandonar la tierra que lo vio formarse.

“Che Agustín” nunca quiso irse. Amó profundamente a Uribia y decidió quedarse cuando otros partían. Por eso, su huella no es solo empresarial: es afectiva, colectiva, histórica.

Ese legado fue reconocido recientemente en una emotiva sesión del Concejo Municipal de Uribia, en el marco de los 91 años de vida administrativa del municipio. Allí, su hijo José Manuel González Brito recibió un homenaje en su nombre, iniciativa presentada por la concejal Claribel Henríquez ante la mesa directiva. El reconocimiento lo declaró “Precursor de la Economía en el Desierto Dorado”, un título que resume décadas de esfuerzo y visión.

La ovación no fue solo para un hombre, sino para una época y un ejemplo. Porque en Uribia, cuando se habla de progreso, muchos todavía recuerdan la figura serena de “Che Agustín”, el hombre que convirtió el trabajo en legado y el desierto en esperanza.

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