El médico Jorge Pérez Molina que convirtió el sacrificio en esperanza para la niñez de Riohacha

  • La historia de Jorge Pérez Molina: hijo de Emiro Arregoces y fallecido y Eradia Pérez fue el niño de Fonseca que venció las privaciones colonizando la medicina infantil y transformó la salud pediátrica en Riohacha.

Hay historias que no se escriben sobre el mármol de la abundancia ni bajo el cobijo de los privilegios. Hay biografías que se tallan a pulso, en el barro de la necesidad, en la incertidumbre del día a día y bajo el calor sofocante de una provincia que a veces parece olvidar sus propios sueños. La del médico pediatra Jorge Pérez Molina es una de esas crónicas de resistencia. Es el relato de un hombre que, antes de vestir la bata blanca que hoy despierta reverencia y gratitud en el Caribe colombiano, conoció el frío de la carencia y el peso de las puertas cerradas.

Hoy, su nombre es un referente ineludible en el departamento de La Guajira;  especial

Riohacha es el fundador de la IPS Pediátrica Pastor y María, un oasis de alta especialización médica en Riohacha que detuvo el doloroso éxodo de miles de madres indígenas y criollas hacia otras capitales del país. 

Sin embargo, detrás de la estructura clínica y del pulcro estetoscopio que ausculta los latidos del futuro guajiro, habita el alma de un soñador de Fonseca que nunca olvidó lo que significa tener las manos vacías y el corazón lleno de anhelos.

Las raíces del sur: Fonseca y el motor de la escasez

La historia comenzó en Fonseca, un municipio del sur de La Guajira donde la vida transcurre entre cantos de acordeón y el rumor del río Ranchería. Allí, en un hogar humilde donde las dificultades económicas no eran una anécdota sino la rutina diaria, Jorge Pérez Molina empezó a descifrar el mundo. En su casa los lujos no existían, pero sobraba una riqueza inmaterial que terminó por definir su destino: la dignidad y una voluntad inquebrantable.

Desde muy joven, Jorge entendió que el código postal de nacimiento o el saldo de una cuenta bancaria no tenían por qué dictaminar el techo de sus aspiraciones. Mientras el entorno sugería conformismo, en su mente germinaba una obsesión: ser médico. No sabía cómo lo lograría, ni con qué dinero pagaría una de las carreras más costosas del continente, pero la convicción era absoluta. Las limitaciones materiales, lejos de amedrentarlo, se convirtieron en el combustible de una resistencia que se pondría a prueba muy pronto.

La odisea del migrante: el frío de Ecuador y las lágrimas de Caracas

A finales de la década de los noventa, Colombia sangraba por los cuatro costados y las oportunidades para los jóvenes de la provincia eran casi nulas. Fue en 1999, en el umbral de un nuevo milenio, cuando Jorge tomó una decisión radical: empacar sus pocos pantalones, abrazar a su madre y cruzar la frontera. El destino era Ecuador.

No llevaba cartas de recomendación ni chequeras; su único equipaje era un hambre voraz de conocimiento. 

Los primeros años en territorio ecuatoriano estuvieron marcados por la crudeza del destierro. Lejos del calor de su hogar, el joven guajiro conoció las verdaderas privaciones: el rigor del frío andino, los días donde el almuerzo se reducía a un recuerdo difuso y la soledad punzante que empuja a muchos a claudicar. Mientras otros compañeros de aula empacaban maletas de regreso, derrotados por la crisis económica, Pérez Molina se aferraba a sus libros de anatomía. “Siempre visualicé ser médico”, repite hoy con la serenidad de quien ya cruzó la tormenta. Esa visualización no era un mero ejercicio de optimismo; era un mecanismo de supervivencia.

Con el título de médico general bajo el brazo, el mapa de su vida exigía el siguiente nivel. En 2003, la brújula lo guio a Caracas, Venezuela, una plaza médica de altísima exigencia en aquel entonces. No obstante, el destino le tenía preparada una paradoja. Jorge no quería ser pediatra; su verdadera pasión, el sueño por el que había trasnochado años enteros, era la cirugía. Quería el bisturí, la adrenalina del quirófano, la precisión del cirujano.

Pero la escasez volvió a jugar sus cartas. Por falta de recursos para costear los trámites a tiempo, Jorge llegó tarde a la asignación de plazas en la universidad caraqueña. El único cupo disponible para postgrado en cirugía ya había sido entregado a otro aspirante.

En los pasillos de aquella facultad, el médico guajiro se derrumbó. Las lágrimas de frustración rodaron por sus mejillas al ver cómo el diseño de su futuro se deshacía en un instante. Fue en ese momento de quiebre donde ocurrió lo inesperado. El doctor Humberto Gutiérrez, un respetado médico venezolano, vio a aquel joven extranjero llorando en un rincón. Al enterarse de su situación, lo miró fijamente y le lanzó una pregunta que cambiaría la historia de la salud en La Guajira:

¿Y por qué no estudias pediatría?

Sin más opciones en el horizonte y con la necesidad apremiante de avanzar, Jorge aceptó a regañadientes. Los primeros meses fueron un calvario de adaptación; confiesa que el llanto de los lactantes y la imposibilidad de que los pacientes le dijeran verbalmente dónde les dolía lo desesperaban. Pensó en renunciar. Sin embargo, la medicina, al igual que la vida, tiene sus propios tiempos de maduración. Al adentrarse en las historias de sufrimiento, desnutrición y resiliencia de la infancia, Jorge Pérez Molina descubrió que la cirugía era un capricho del ego, pero la pediatría era la especialidad que Dios le había elegido. Su verdadera misión no era operar cuerpos, sino salvar infancias.

El santuario de la fragilidad: las Unidades de Cuidados Intensivos

Para perfeccionar su llamado, Pérez Molina no se conformó con la pediatría básica. Se adentró en los terrenos de la alta complejidad: la terapia intensiva pediátrica. Durante años, su oficina fue la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), un territorio sagrado y hostil donde la línea que separa la vida de la muerte es tan delgada como un hilo de seda.

En esas salas de monitores incesantes y alarmas nocturnas, el médico guajiro aprendió el valor de los segundos. Atendió a niños en condiciones críticas, cuerpos diminutos devastados por infecciones, traumas o fallas orgánicas. Allí comprendió que el pediatra intensivista no solo debe poseer una técnica científica impecable, sino una coraza espiritual inmensa para sostener la mirada de unos padres aterrorizados. Cada niño que lograba salir de la ventilación mecánica, cada sonrisa recuperada tras semanas de sedación, era una victoria monumental que celebraba en silencio, arrodillado espiritualmente ante el dador de la vida.

El retorno del hijo pródigo: desafiar el centralismo

Con un currículum robusto y una experiencia invaluable en las UCI, el doctor Jorge Pérez Molina se convirtió en un profesional cotizado. Ejerciendo en Bogotá, las ofertas para establecer una clínica privada en la capital del país tocaron a su puerta. El éxito económico y el confort de la gran metrópoli estaban asegurados.

Sin embargo, el corazón del fonsequero seguía latiendo al ritmo de la provincia. Mientras observaba el centralismo de la salud en Colombia, donde los mejores especialistas se concentraban en las grandes ciudades mientras las regiones periféricas ponían los muertos, Jorge tomó una decisión que para muchos de sus colegas rayaba en la insensatez.

Junto a su esposa y aliada incondicional, Maribel Vásquez, decidió rechazar el norte bogotano y regresar a su tierra. “No quería montar una empresa en otra parte. Si algún día tenía una empresa, quería que fuera en Riohacha para ayudar a mi gente”, relata con orgullo. En 2013, la pareja empacó de nuevo, esta vez con destino a la capital de La Guajira, un departamento con indicadores históricos de mortalidad infantil alarmantes, desnutrición endémica y una infraestructura de salud precaria. El reto no era médico; era titánico.

Pastor y María’: la revolución pediátrica de La Guajira

Hasta el año 2013, enfermarse de gravedad siendo niño en La Guajira era una sentencia de viaje obligatorio. Cientos de familias tenían que emprender travesías extenuantes de cinco, seis o siete horas hacia Barranquilla, Santa Marta o Cartagena para que un especialista viera a sus hijos. Para una madre de la etnia Wayúu de la alta Guajira, este traslado era una odisea impracticable: significaba dejar a sus otros hijos, gastar lo que no tenían en transporte, comida y hospedaje, y enfrentarse a la barrera idiomática en una ciudad desconocida. Muchas veces, los niños morían en el camino o las citas se perdían en la burocracia del desarraigo.

Para erradicar este dolor, en los años 2014 y 2015 nació la IPS Pediátrica Pastor y María. Bautizada en honor a los pilares familiares de sus fundadores, la institución se convirtió en la primera clínica de atención integral especializada en pediatría en el departamento.

El doctor Jorge Pérez y Maribel Vásquez lograron lo que parecía un imposible: convencer a los mejores especialistas del país para que viajaran de manera permanente a Riohacha. Lo que antes requería una travesía interestatal, ahora se solucionaba a pocas cuadras del mercado o del malecón de Riohacha. Además del impacto en la salud pública, la IPS dinamizó la economía local, generando alrededor de 40 empleos estables y construyendo una cultura corporativa donde los trabajadores no son vistos como engranajes de una máquina, sino como miembros de una gran familia unida por la causa de la niñez.

La medicina del alma: escuchar antes que diagnosticar

En la práctica privada actual, la medicina suele ser un ejercicio exprés: quince minutos por paciente, una receta rápida y el siguiente en la fila. Jorge Pérez Molina rompió ese molde. Quienes asisten a su consultorio describen una experiencia diferente. Él no examina enfermedades; él escucha biografías.

Para el doctor Jorge, el estetoscopio es secundario si antes no se ha escuchado a la madre. Se sienta a conversar, indaga sobre las dinámicas del hogar, la calidad del agua que toman, las angustias del desempleo y los temores de los padres. Está convencido de que la patología de un niño es el síntoma final de un entorno social y familiar que necesita atención. Su enfoque es profundamente humanista y preventivo.

Esta sensibilidad lo lleva, con frecuencia, a despojarse de la frialdad mercantil de la profesión. Cuando a su consultorio llega un padre con el rostro desencajado por la preocupación del costo de la consulta y el valor de las medicinas, el doctor Pérez Molina cancela los honorarios de un plumazo. Pero su generosidad no se detiene ahí; en incontables ocasiones ha sacado dinero de su propio bolsillo para entregárselo a las familias para sus pasajes de regreso o para la compra de la fórmula láctea. Él no lo ve como un acto de caridad, sino como un deber de reciprocidad con la vida. Recuerda al estudiante con hambre en Ecuador; sabe perfectamente lo que se siente tener un sueño grande y los bolsillos vacíos.

Ollas comunitarias y cantos de acordeón

Fuera del ámbito clínico, Jorge Pérez Molina sigue siendo el mismo guajiro de a pie. Sensible ante el dolor, confiesa sin pudor que las lágrimas aún lo asaltan cuando la realidad de la desnutrición o el abandono golpea la Guajira. Esa misma sensibilidad social lo impulsó a crear las «ollas comunitarias» en sectores vulnerables de Fonseca y Riohacha, llevando almuerzos, brigadas médicas y recreación a los niños más desfavorecidos. Aunque la pandemia y las dinámicas administrativas pausaron estas jornadas, entre sus planes inmediatos está reactivar estos comedores ambulantes de la mano de su familia.

Y si de humanidad se trata, la crónica de su vida estaría incompleta sin su gran válvula de escape: la música vallenata. Detrás de los diagnósticos certeros se esconde un compositor lírico y un cantante aficionado. Amante del vallenato auténtico, de guitarra y poesía, Jorge aprovecha los pocos momentos de descanso para componer versos y cantar entre amigos. Con una sonrisa bonachona se autodefine como un «cantante frustrado», pero la verdad es que su vida misma es una melodía bien compuesta donde la medicina siempre tuvo la voz principal.

Una visión de esperanza para Riohacha

A las puertas del presente, tras décadas de servicio y de haber transformado el mapa de la pediatría regional, el doctor Jorge Pérez Molina no busca estatuas ni aplausos políticos. Esquiva el protagonismo con la elegancia de los hombres verdaderamente grandes. Su fe en el futuro de Riohacha y de todo el departamento permanece intacta.

Sostiene con vehemencia que el verdadero progreso de esta tierra no vendrá de los discursos incendiarios ni de las divisiones partidistas, sino del esfuerzo silencioso de ciudadanos que decidan poner el bienestar colectivo por encima del interés personal. Él ya puso su grano de arena, o más bien, su cantera entera de esperanza.

Cuando el sol se oculta sobre el mar Caribe en Riohacha, iluminando las fachadas de la IPS que fundó con sudor y fe, la figura de Jorge Pérez Molina se agiganta. Es el niño humilde de Fonseca que cruzó fronteras, el médico que lloró en Caracas por un cupo perdido, el intensivista que arrancó vidas de las garras de la muerte y, por encima de todo, el hombre que le devolvió la sonrisa y la dignidad a la niñez guajira. Su vida es la prueba viviente de que cuando el sacrificio se pone al servicio de los demás, la esperanza se vuelve invencible.

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