El San Agustín que no conocíamos

Por Misael Arturo Velásquez

Pocas veces un regalo de cumpleaños termina convirtiéndose en una conversación sobre la vida. En mi más reciente cumpleaños, mi ahijado, Roger Romero, me obsequió la extraordinaria biografía de San Agustín escrita por Peter Brown. El regalo venía acompañado de un compromiso: él también leería el libro y luego nos sentaríamos a conversar y debatir sobre el pensamiento del obispo de Hipona. Después vendría otro reto: leer a Santo Tomás de Aquino para continuar ese diálogo entre dos de las mentes más brillantes del cristianismo.

Confieso que ha sido uno de los mejores regalos que he recibido. No solo porque me entregó un libro, sino porque me permitió descubrir al San Agustín que muchos creemos conocer, pero que muy pocos hemos leído.

La mayoría recordamos dos episodios de su vida: que Santa Mónica lloró durante años por la conversión de su hijo y que Agustín tuvo una juventud marcada por las pasiones. Ambas cosas son ciertas, pero reducir su historia a eso es desconocer a uno de los hombres que más ha influido en la filosofía, la teología, el derecho y el pensamiento político de Occidente.

Peter Brown presenta a un Agustín profundamente humano. No al santo inalcanzable, sino al hombre inquieto que nunca dejó de buscar la verdad. Su famosa frase resume esa búsqueda permanente: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta descansar en Ti.” Esa inquietud no era desesperación; era el deseo de encontrar un sentido auténtico para la vida.

Uno de los aspectos que más me sorprendió fue la importancia que daba a la amistad. Brown utiliza una expresión memorable: “el imperialismo de la amistad”. Mientras otros conquistaban territorios, Agustín conquistaba amigos. Alipio, Nebridio, Evodio y su hermano Navigio no fueron simples compañeros, sino personas con quienes compartió sus dudas, sus búsquedas y su crecimiento espiritual. En tiempos donde las diferencias suelen convertir al contradictor en enemigo, Agustín nos recuerda que la amistad también puede ser un camino hacia la verdad.

La escena de su conversión adquiere otra dimensión cuando se conoce el contexto. Después de años de búsqueda y de una profunda crisis interior, escuchó la voz de un niño que repetía: “Toma y lee, toma y lee.”Interpretó aquellas palabras como un llamado de Dios. Abrió las Sagradas Escrituras y encontró un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos (13, 13-14)“Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos… Revístanse del Señor Jesucristo.” Al terminar la lectura escribiría que una profunda serenidad inundó su corazón y que todas sus dudas desaparecieron. Comprendió que Dios no venía a quitarle la libertad, sino a darle un propósito.

Después de su conversión vino el Agustín que menos conocemos: el obispo que administró una ciudad en medio de la crisis del Imperio romano, protegió a los pobres, resolvió conflictos y escribió La Ciudad de Dios, una obra que sigue siendo una referencia para comprender el poder y la justicia. Allí dejó una frase que atraviesa los siglos: “Sin justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?”. Es una pregunta incómoda, pero necesaria para cualquier sociedad.

Como servidor público, encuentro en San Agustín una enseñanza permanente. Nos recuerda que la autoridad no es un privilegio, sino una responsabilidad; que el poder pierde legitimidad cuando se aparta de la justicia; y que la paz, como él mismo decía, es “la tranquilidad del orden”, entendiendo el orden como una convivencia fundada en la verdad, el respeto y el bien común.

Quizá por eso comprendí que el mejor homenaje que podemos rendirle quienes celebramos a San Agustín como patrono de Fonseca no consiste únicamente en sacar su imagen en procesión cada agosto. El verdadero homenaje sería parecernos un poco más a él: buscar la verdad con humildad, cultivar la amistad por encima de las diferencias, ejercer el liderazgo como servicio y recordar que nadie está condenado por su pasado cuando decide cambiar el rumbo de su vida.

Al cerrar el libro de Peter Brown confirmé que San Agustín no pertenece únicamente al siglo IV. También pertenece al nuestro. Porque sigue recordándonos que el corazón humano nunca deja de buscar, que la amistad puede transformar una vida y que ningún poder será verdaderamente grande si no está al servicio de la justicia.

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