La despedida de Nicolás Redondo Brito: Riohacha y Dibulla honran el legado de un hombre ejemplar

En el lugar donde las olas del mar Caribe acarician sin descanso las costas de Dibulla, comenzó a escribirse la historia de un hombre inolvidable. El 17 de abril de 1933 vio la luz Nicolás Gonzalo Redondo Brito, hijo de Simón Redondo Guerra y Vicia Brito, en el seno de un hogar de raíces profundas. 

Criado junto a sus hermanos entre las historias costeras y el aroma a salitre, Nicolás creció absorbiendo el espíritu libre y emprendedor guajiro.

Desde pelao, demostró un carácter despierto y dinámico. Mientras Dibulla era tierra fecunda de agricultores, Nicolás encontró una escuela distinta al trabajar con los comerciantes extranjeros radicados en la zona, recordados entrañablemente como «los Míster». De ellos aprendió los secretos del comercio, la visión del trabajo duro y la formalidad en el trato.

Con el tiempo, tras unir su vida en matrimonio con su paisana Adalinda Remedios Pacheco Barros, expandió sus horizontes navegando las aguas caribeñas para llevar frutas y mercancías hasta la isla de Aruba, trayendo de regreso artículos para abastecer a Riohacha y Maicao. 

Pero el mar nunca lo alejó del campo: como campesino libre y sin jefes, llegó a sembrar hasta 15 hectáreas de yuca y ñame con su propia gente, para años más tarde dedicarse con empeño a la ganadería en su finca.

En el calor de su hogar nacieron sus cuatro hijos: Nicolás (Nico), Endris, Álver y Obar  Redondo Pacheco. Nicolás no solo fue el pilar de su casa, sino el verdadero líder de su estirpe. 

Poseía una cualidad innata: un verbo brillante, una dialéctica natural y una simpatía desbordante que le abrieron puertas en todos los círculos sociales de La Guajira y del país. Sin más aulas que la escuela primaria, su capacidad de relacionarse con la gente era un don que cautivaba a cualquiera.

Buscando asegurar la educación de los suyos, la familia fijó su residencia en Riohacha para que sus hijos continuaran sus estudios en el histórico Liceo Padilla. Allí, la enseñanza del padre se transformó en acción cotidiana: en un camioncito repartieron agua y realizaron acarreos, para luego levantar una fábrica de bloques. Aquella disciplina dio frutos extraordinarios, formando profesionales de bien entre sus descendientes, incluidos abogados que hoy honran su apellido.

Pero hablar de Nicolás es también evocar la alegría pura de la vida. Fue un hombre de espíritu carnavalero, de baile fino y risa fácil, capaz de sacarle un chiste a cualquier contratiempo. Su sola presencia infundía unión, y para su hijo Óvar, sus 20 nietos y toda su descendencia, representaba el rostro mismo de la felicidad.

A la edad de 93 años, Nicolás Gonzalo Redondo Brito ha partido del mundo terrenal para acudir al reencuentro con sus ancestros. Hoy su memoria se eleva hacia la gloria celestial, dejando tras de sí el legado de un hombre serio, caritativo, amigable y profundamente amoroso.

Su cuerpo descansa, pero su eco sigue vivo en la brisa de Dibulla y en el orgullo de una familia que guardará su recuerdo en el corazón. Nicolás pasa a ser ese ángel guardián que, desde las alturas, continuará velando por sus hijos, nietos, sobrinos y amigos que jamás olvidarán al gran patriarca guajiro.

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