Por Alfredo Molano
Al fin, y a pocos días de cumplir su primer mes en la Presidencia, Abelardo de la Espriella pudo respirar tranquilo. Había soñado la muerte de ‘Bendito Menor’ antes de llegar a la Casa de Nariño. Lo decretó el 9 de julio, cuando con aires premonitorios le ordenó a su ministro de Defensa —designado para ese momento— que “lo capturara o lo diera de baja”. Y el viernes, muy de mañana, Abelardo —de pantalón caqui y camisa verde oliva— dio su parte de victoria en un discurso de cinco minutos. Lo hizo parado frente a cuatro cadáveres amortajados en sábanas blancas. Exultante, con ademanes histriónicos, señaló a los muertos y advirtió que esa era la única paz en la que creía: la paz de los sepulcros.
Dos días antes lo vimos pasearse entre los cadáveres de 23 personas, entre ellas tres menores de edad, que dejó un bombardeo del Ejército en Guaviare. Las imágenes y los discursos de Abelardo en la última semana son aterradores. Retratan de cuerpo entero a un mandatario que no cree en los diálogos de ninguna índole, que dará prioridad al conteo de muertos como política de seguridad y que aupará a la fuerza pública al uso de la fuerza de forma desproporcionada con tal de obtener resultados. Un camino, con un sino trágico, que el país ya ha recorrido y que conduce, casi que indefectiblemente, a que se cometan graves violaciones a los derechos humanos y a un destino ya conocido: más violencia, muchos muertos y nuevas guerras en los territorios que dicen pacificar en nombre de Cristo Rey.
Lo peor de su puesta en escena es que son muertos que nada cambian. Solo satisfacen a los fanáticos de la ‘necropolítica’, pues la muerte del ‘Bendito Menor’ no tiene ningún costo para los Conquistadores de la Sierra. Estos mismos, antes llamados Panchencas, y otrora paramilitares del Bloque Tayrona, liderados por Hernán Giraldo, son herederos de una estructura que viene reciclando guerras desde la bonanza marimbera a mediados de los años 70. El “abatido” Menor no era sino un joven wayuu de menos de 30 años, forjado en el sicariato y el cobro de extorsiones, ingenuo y descontrolado, que causaba problemas hasta a los mismos jefes de su organización, que, según dicen, es la gran beneficiada con su muerte. Su vida presuntuosa lo puso en el radar de las autoridades; se paseaba exhibiendo su micropoder, trasmitiendo mensajes en redes sociales y ostentando una vida de narco junto a su novia.
Lejos de ser un jefe, Naín Antonio Pérez Toncel —fiel a su apodo—, era alguien menor para su organización, cuyo control territorial se extiende desde el Magdalena hasta La Guajira, incluida parte de Atlántico, Bolívar y Sucre. Su propósito no es político ni antiinsurgente: es el negocio. Los Conquistadores de la Sierra son el poder de facto en la región; hacen que funcione el turismo; son los dueños la prostitución, el microtráfico, el contrabando y el lavado de activos. Son los garantes de los grandes negocios privados, la industria bananera y carbonera; participan de la corrupción estatal e inciden en todo lo que compone la vida económica de lugares que controlan, sean negocios lícitos o ilícitos.
Tiene relaciones con políticos, empresarios y, cómo no, con la fuerza pública. No recluta forzadamente, porque contrata a sus combatientes, y no entrena a sus unidades porque busca gente con experiencia en la guerra: desmovilizados, soldados profesionales y militares retirados. Es una estructura que ejerce el poder sin tropiezos. Sus comandantes hoy son los hermanos Carmen Evelio Castillo, conocido como ‘Muñeca’, y Fredy Castillo o ‘Pinocho’, oriundos de Río de Oro y a quienes el ELN les asesinó a sus padres cuando tenían 6 y 7 años. Giraldo los acogió en el Frente Resistencia Tayrona y quedaron al mando del negocio después del asesinato de ‘Chucho Mercancía’, en junio de 2019.
El arraigo de la organización paramilitar es tan fuerte entre la población porque ha penetrado a las comunidades y sus miembros son los hijos del tendero, del pescador, del vecino. Es el principal empleador en los pueblos, la autoridad que media en problemas vecinales, el ojo que todo lo ve, y su palabra es ley. Su ideólogo y jefe es el excomandante paramilitar Hernán Giraldo, el mayor depredador sexual dentro del conflicto armado, famoso por imponer el “derecho de pernada” a las jóvenes de sus “dominios” y quien empezó su vida criminal haciendo negocios con Pablo Escobar y el Cartel de Cali. Luego de su desmovilización y su extradición a Estados Unidos, sus herederos conformaron una red clientelar y familiar que opera tranquilamente y a la luz del día.
Por todo esto es que la muerte del ‘Bendito Menor’ no cambia la realidad que se vive en las regiones donde operaba. Otro matón tomará su lugar y el negocio seguirá aceitando la gobernanza criminal que han construido por décadas. De ahí que la gente de estas poblaciones no sienta alivio con su deceso, sino la incertidumbre por la guerra que se vendrá en el reacomodo del poder. Allá solo hay zozobra y miedo, mientras el presidente De la Espriella, embriagado por el éxito de un triunfo pírrico, deja ver su sed de sangre y su flagrante necrofilia.