Por José Muñoz Mancera
Hablar de El Niño no debería ser solamente hablar de un fenómeno que ocurre lejos de nosotros, en el océano Pacífico. Para La Guajira, sus efectos pueden sentirse de manera directa en la vida cotidiana: en las altas temperaturas, la disponibilidad de agua y las condiciones de sequedad del territorio.
El Niño ocurre cuando las aguas del océano Pacífico tropical se calientan más de lo habitual. Este cambio puede afectar el clima de diferentes regiones y alterar los patrones de lluvia y temperatura.
¿Y qué significa esto para nosotros? En términos sencillos, más calor y menos lluvias en algunas zonas del país durante los próximos meses. Según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), en agosto las temperaturas estuvieron entre 1 y 3 °C por encima de lo habitual en diferentes sectores de Colombia, mientras que, desde septiembre, algunas zonas podrían alcanzar hasta 4 °C más de lo normal.
En sus reportes más recientes, el IDEAM y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos señalan que los efectos de El Niño continúan fortaleciéndose. Además, existe un 97 % de probabilidad de que este fenómeno se mantenga hasta el primer trimestre de 2027.
Esta situación no es únicamente una posibilidad teórica observada en los modelos. Durante los primeros días de agosto de 2026 se registraron periodos de calor persistente en diferentes regiones del país, incluida La Guajira. Por ser semiárida y presentar dificultades asociadas a la disponibilidad de agua, en un periodo prolongado de altas temperaturas y déficit de precipitaciones puede tener consecuencias especialmente sensibles para el territorio. En municipios como Barrancas y Hatonuevo, además, el riesgo de incendios de cobertura vegetal alcanzó niveles rojos.
Sin embargo, uno de los datos que más debería llamar nuestra atención está relacionado con las lluvias. El informe de predicción climática del IDEAM señala que se esperan condiciones por debajo de lo normal en buena parte de la región Caribe con especial impacto en La Guajira. En la Alta y Media Guajira, se estiman disminuciones de entre 20 % y 80 % frente a la climatología de referencia 1991–2020.
El panorama no se limita a las próximas semanas. La reducción de las lluvias podría mantenerse durante septiembre y continuar, con diferentes intensidades, en los meses siguientes. Para octubre, La Guajira y Magdalena siguen entre las zonas donde se esperan niveles cercanos a lo normal o por debajo de lo habitual, con reducciones estimadas entre el 20 % y el 40 % en algunos sectores de la región Caribe. Para diciembre, la situación es aún más marcada: se estima una probabilidad superior al 70 % de que las precipitaciones estén por debajo de lo normal en la región Caribe.
¿Por qué debería importarnos esta combinación? Cuando las lluvias disminuyen y las temperaturas aumentan, aumenta también la presión sobre las fuentes hídricas, los sistemas agropecuarios, los ecosistemas y las comunidades que dependen de ellos. En este escenario, las zonas donde se esperan mayores reducciones requieren especial atención, al igual que las comunidades rurales y aquellas cuya disponibilidad de agua depende directamente de fuentes locales y sistemas de almacenamiento.
Por eso, considero que la pregunta correcta no debería ser únicamente “¿qué tan fuerte será El Niño?”, sino “¿qué tan preparados estamos para enfrentar sus posibles efectos?”. La diferencia es fundamental. El fenómeno climático no está bajo nuestro control, pero sí podemos tomar decisiones sobre cómo gestionamos el recurso hídrico, cómo protegemos nuestros ecosistemas, cómo prevenimos incendios y cómo fortalecemos la capacidad de respuesta de nuestras comunidades y municipios. La información científica disponible debe servirnos precisamente como una herramienta para anticiparnos.

