La tela de la abuela Vicenta: Entre la sobreprotección moderna y la dignidad de los principios

Por: Misael Velásquez Granadillo

Hay imágenes que se graban en la retina sin pedir permiso. Recorriendo la carretera que une a Fonseca con Riohacha, observé a la orilla del camino a unos niños de corta edad esperando el transporte escolar bajo el sol inclemente de nuestra geografía. La estampa me devolvió de golpe a la infancia, pero sobre todo me condujo a una reflexión inevitable sobre los dilemas con los que hoy educamos a los nuestros.

Recordé cómo, en mi propia casa, he incurrido en la tentación de la sobreprotección: a mis hijos jamás los dejé ir solos ni a la esquina a hacer un mandado a la tienda, prefiriendo asumir la diligencia por temor o por ese celo protector que, sin desearlo, termina cercenando la independencia temprana.

Ese contraste me conectó de inmediato con una vieja anécdota familiar que hoy cobra más vigencia que nunca. En tiempos de escasez dura, en medio de una pobreza que apretaba pero no doblaba, la historia se tejía con hilos de solidaridad y oficio. El padre Jesualdo María de Bañeres, aquel carmelita de hábito marrón oscuro que viajaba a España, solía regalar las sotanas que ya no usaba a la señorita Nati, quien vivía frente a la plaza. Y ella, con bondad infinita, se las entregaba a mi abuela Vicenta para que pudiera vestir a sus muchachos, porque el presupuesto no alcanzaba para más.

Allí entraba en escena mi abuelo Chicho, esposo de Chenta, quien era sastre de oficio. Con sus manos laboriosas y su paciencia de artesano, llevaba aquellos retazos de tela de sotana a su máquina Singer, tan macondiana como la historia misma, y les confeccionaba los pantalones a los hijos.

A mi papá Arturo y a mi tío Jesús, a quien llamaban Chao, les hacían chercha por aquellos pantalones. Mi tío Chao sufrió en carne propia la burla mezquina de quienes no entienden de carencias y lo señalaban por llevar puesto un pantalón con la tela del padre. «¡Pantalones de sotana!», les decían en tono de burla. Pero a Chao la ocurrencia no le hacía ninguna gracia. Tanto caló la afrenta que un día, sintiendo que le pisaban la honra, se agarró a golpes con quienes se burlaban de ellos. La respuesta de la abuela Vicenta ante el pleito no fue el regaño ciego, sino una lección de granito: la necesidad no se puede ocultar, pero la dignidad tampoco se compra. Esa tela había llegado por la providencia del trabajo y de la caridad, y no cabía vergüenza alguna en vestir la honestidad.

Años después, mi papá Arturo le contaba esta misma anécdota a su nieto Julián David Velásquez, no como un lamento del pasado, sino como una joya viva de humildad para recordarle de dónde venimos y cuánto cuesta forjar el carácter.

Hoy, sin embargo, el peligro que amenaza a nuestras juventudes ya no es solo el exceso de celo en el hogar, sino el secuestro invisible de la atención que imponen las pantallas. El teléfono celular se ha convertido en una teta digital inagotable que amamanta la pasividad mental, anestesiando la curiosidad y atrofiando el hábito de la escritura profunda.

Al delegar la memoria y el esfuerzo intelectual en el algoritmo, hemos relegado el libro y el papel, sepultando silenciosamente el pensamiento crítico. Un muchacho que no escribe con pulso propio, que no discurre frente a la hoja en blanco ni se enfrenta al rigor de estructurar una idea por sí mismo, se vuelve presa fácil de la superficialidad y del facilismo de la época.

Por eso, al mirar a esos niños en la carretera y luego pensar en los nuestros, rodeados de facilidades tecnológicas y blindados contra el esfuerzo diario, uno se pregunta si no estamos cometiendo un error infinitamente más peligroso. La abuela Vicenta y el abuelo Chicho no le dieron lujos a sus hijos, pero les inyectaron principios en la médula y templaron su carácter con aguja y honor. Nosotros, por evitarles la incomodidad y entregarles el entretenimiento inmediato, los privamos del roce con la realidad y del valor de resolverse por sí mismos.

La verdadera educación no consiste en mantenerlos en una urna de cristal digital, sino en enseñarles a honrar el origen, a cultivar el criterio propio y a comprender que la humildad y el esfuerzo intelectual no son una condena, sino el suelo firme sobre el cual se construyen los verdaderos ciudadanos que nuestra región reclama.

«Que la comodidad no nos devore la memoria, ni la tecnología nos apague el alma; porque un pueblo que olvida el sacrificio de sus mayores termina extraviando el rumbo de su propio porvenir».

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