
«Jugué mi suerte al azar y me la ganó la violencia». (José. E. Rivera. La Vorágine).
Por ROBERTO GUTIÉRREZ CASTAÑEDA
Hay sinos en la vida que son insoslayables, el de Arturo Cova, protagonista de La Vorágine, fue perderse en la tupida y enmarañada selva amazónica; el de La Guajira parece ser la desesperanza y el desprestigio.
En La Guajira la historia se repite cíclicamente, unas veces como comedia y otras como tragedia, como diría Marx. De igual manera es ciclotímico el proceder de sus moradores; actúan de manera visceral, emocionalmente antes que racionalmente; exigen justicia y cuando se da, la repudian.
La actual coyuntura social exige que el pueblo guajiro en general y el riohachero en especial en un acto de contrición y reflexión examine el comportamiento de quienes en los últimos años han regido el destino de nuestras instituciones y la cuota de responsabilidad que a todos nos cabe por hacer parte de una sociedad complaciente permeada por la tolerancia y la aceptación de hechos que riñen con la ética y el buen gobierno.
El departamento está en la mira de todos los entes de control, la estigmatización es general; los lanudos, como llamaba Bolívar a los santafereños, por un lado y los barranquilleros, por el otro, se solazan con nuestra desventura y aprovechan la oportunidad que le brindamos para intentar quitarnos, una vez más, lo que por derecho natural y geográfico nos pertenece; pero lo censurable no es que ellos persistan en sus tentativas, lo grave es que con nuestras actuaciones damos lugar a que eso suceda.
Como el recuerdo de la historia debe servir para no repetirla, los acontecimientos vividos deben dejarnos una lección de comportamiento para el futuro próximo: a las instituciones debemos llevar a los más capaces y no a los más mendaces y rapaces.
Las crisis crean oportunidades; hace años la oportunidad de corregir el camino se nos ha presentado varias veces contrariando la sentencia que establece que ella toca una sola vez en nuestra puerta; hemos tenido el privilegio de que nuevamente toque en nuestra heredad, no la perdamos porque si lo hacemos el destino nos lo cobrará con creces.
Parodiando a Benjamín Herrera nuestro lema debe ser: La Guajira por encima de las divisas partidistas y de los apetitos grupistas.
Sólo la unidad de los guajiros basada en un compendio de principios éticos puede blindarnos ante la arremetida de los abiertos enemigos de nuestra región que niegan persistentemente la autodeterminación de los pueblos, un principio nuevamente vulnerado por los que piensan que es la metrópoli la que tiene el derecho de trazar los lineamientos del pensamiento colectivo; y ante estas circunstancias, hacer nuestra la aseveración de Ariel Dorfman:» las implicaciones de este asunto deplorable deberían llevarnos a una meditación profunda, incesante y despiadada acerca de los valores, las creencias y la historia de este departamento compartido».
Sólo la unidad de criterio, la unidad de valores éticos y la unidad en la defensa de la guajiridad pueden hacer posible que La Guajira, cual ave fénix, nazca renovada de entre las cenizas y la escoria de la corrupción.

