Por: Nicolás Alberto Lubo Matallana.
La reciente conmemoración de los 480 años de Riohacha llegó acompañada de una imagen oficial que pretendía condensar símbolos de nuestra identidad. Allí están héroes militares, aves, templos y mariposas amarillas. Sin embargo, algo resalta por su ausencia: las mujeres. No es un detalle menor. La exclusión femenina en un relato que debería abrazar la totalidad de nuestra memoria deja claro que seguimos contando la historia a medias.
Desde los orígenes, las mujeres han sido parte sustancial de la vida riohachera. En las crónicas fundacionales aparece Inés Ortiz, y cada febrero la ciudad se encomienda a la Virgen de los Remedios. Pero no son solo figuras religiosas o excepcionales: la cotidianidad misma de Riohacha ha estado sostenida por mujeres que rara vez aparecen en los registros oficiales.
Las mujeres wayuu han preservado la lengua, el tejido y los cantos. Las matronas urbanas sostuvieron escuelas y barrios cuando el Estado no estaba presente. Las mujeres afrodescendientes de los corregimientos han sido cocineras tradicionales, parteras y portadoras de saberes que mantienen viva la espiritualidad y la cultura del Caribe. También han existido las que, con determinación, han intervenido en la vida pública, ocupando cargos de importancia y dirigiendo los destinos de la ciudad en distintos momentos. Su huella en la política, la gestión cultural y el liderazgo comunitario demuestra que el protagonismo femenino no se limita a lo doméstico o festivo.
También es necesario reconocer a los comités femeninos, espacios de organización donde las mujeres han tomado decisiones, gestionado recursos y liderado procesos sociales y culturales. Desde la preparación de las fiestas patronales hasta la organización de comparsas o la defensa de los derechos comunitarios, estos comités han sido escenarios de liderazgo colectivo que, aunque muchas veces invisibilizados, han sostenido la vida barrial y corregimental de Riohacha.
Y están las cumbiamberas y pilanderas, que con su danza y su puesta en escena transforman la vida cotidiana en identidad y celebración. Están también las embarradoras, que a la par de los varones participan en esta práctica popular. No es un dato menor que su máxima líder sea una mujer: allí se hace evidente que la fuerza femenina no se limita a la transmisión cultural, sino también al liderazgo y a la conducción de una tradición que simboliza resistencia, raíz y pertenencia. Todas ellas encarnan memorias que, por derecho propio, deberían figurar en los relatos oficiales.
Silenciar estas presencias femeninas en la celebración de los 480 años no es solo una omisión estética: es un acto de invisibilización histórica. Una ciudad que se enorgullece de su mestizaje y diversidad no puede negarse a reconocer a las mujeres como protagonistas. Celebrar a Riohacha sin ellas es traicionar la mitad de su historia.
La memoria oficial no puede seguir siendo un espejo incompleto. Urge un relato incluyente que haga justicia a quienes han sostenido la vida, la cultura y el futuro de la ciudad. Solo entonces podremos hablar, con verdad y con dignidad, de una Riohacha que cumple 480 años de historia compartida.

