Por Elinda Bruges González
Hoy las palabras se me vuelven pequeñas, insuficientes, imposibles de abarcar lo que significa despedir a Clemen, esta mujer única que partió a la casa de Dios dejando un vacío que no tiene explicación.
Me cuesta hablar de ti en pasado, Clemen, porque tu presencia tan viva, tan luminosa, tan profundamente amorosa, sigue palpitando en cada rincón de nuestra memoria.
Tú no solo fuiste querida… fuiste amada con el alma. Tenías un don de servicio que pocas personas poseen; naciste para ayudar, para cuidar, para entregar sin reservas.
Dios te puso una misión especial, diferente, sagrada; amar a tus sobrinos con una fuerza que desbordaba los límites de lo imaginable. Y esa misión la cumpliste con una entrega absoluta, como hacías todo en tu vida.
Tu porte elegante, tus vestidos bordados, de pliegues perfectos que te hacían reconocible desde lejos. Tu copete alto, tu boca pintada de rojo vivo. Eras una mujer de estilo, de una presencia que llenaba las calles de Riohacha con una elegancia que solo tú sabías llevar. Caminabas con rectitud, con ese aire de firmeza y decoro que también reflejaba tu carácter, tu forma de vivir, tu manera hermosa de ser.
Tu voz era inconfundible, pero más aún cuando cantabas esas rancheras de Vicente que tanto te gustaban. Tuve el privilegio de escucharte varias veces. Te encantaba el dulce, te encantaba la buena comida, y claro, cómo no, si tuviste la mejor maestra, tu mamá, mi tía Temi, de quien heredaste ese arte de alimentar no solo el cuerpo, sino también el corazón.
No te reservaste nada, Clemen. Todo lo diste en vida; amor, cariño, protección, apoyo, compañía.
Mis vacaciones en tu casa fueron siempre felices e inolvidables porque tú hacías que lo fueran. Me complacías en todo, me llevabas contigo a donde fueras, a hacer mercado, a tu oficina, a reuniones familiares, incluso a dar pésames. Contigo uno aprendía, reía, compartía; contigo me sentía en casa. Sabías llegarle a todos y allí radicaba tu magia. No sé si era un don, una gracia divina o simplemente la nobleza de tu alma, pero todos, absolutamente todos, te amaban.
De ti guardo los mejores recuerdos de Riohacha, pero también las mejores lecciones. Me enseñaste el amor por la familia, la importancia de estar, de acompañar, de servir sin esperar nada a cambio. Hablabas con orgullo de tu padre y con profundo respeto de tu madre, a quien admirabas por su fuerza y valentía. Y esa fuerza también era tuya, Clemen porque eras una mujer de coraje, de ánimo inquebrantable, de resiliencia. Enfrentaste todo con una dignidad admirable, con una luz que no se apagaba.
Qué hermanos no querrían tener una hermana como tú… Franco y Dina fueron privilegiados de tenerte, y también fueron grandes en corresponderte; te cuidaron, te amaron, te acompañaron con devoción, con entrega, con ese mismo amor que tú les regalaste durante toda tu vida. Ellos, como todos nosotros, llevan hoy un dolor inmenso, ese que solo deja la partida de un ser irrepetible como tú.
Hoy te despedimos con lágrimas, con dolor que se siente enorme; pero también con gratitud. Porque tu vida fue un regalo. Porque tu paso por este mundo dejó huellas profundas, imborrables. Porque hay seres que aunque se marchen físicamente, se quedan siempre y para siempre, en el alma.
Clemen, gracias por tanto. Gracias por tu amor, por tus cuidados, por tu dulzura, por tu fortaleza, por ese corazón que nunca supo de límites.Tú serás siempre una presencia eterna, porque hay vidas que no se olvidan y recuerdos que no mueren.
Ve con Dios Clemen.

