«Historia de amor», un próximo clásico de la literatura mundial

La nueva novela del escritor riohachero Juan Carlos Herrera

En la vida, son pocos las novelas que sin ser publicadas despiertan tanta admiración colectiva. Si el lector en el mayor de los casos la calla, no así es su emoción. Es el de «Historia de amor», un trabajo literario que llega no para ir a parar anónimo a las bibliotecas, sino para hacer mejor el corazón.
Hay que ser claro en este punto: el tema y el título no son nuevos. Para basta leerla completa, para saber que en unos años, o en los próximos siglos, ésta es la única novela llamada así de la que se acordará la historia.
Con ella, por primera vez la literatura guajira dará un clásico, o (como diría Plinio Apuleyo Mendoza) un trancazo al mundo.
Su autor es Juan Carlos Herrera, nacido un 8 de junio de 1979 en Riohacha, La Guajira. Si bien le gusta su nombre, sabe que su espíritu se parece más al muelle de madera que a él mismo. Por ello se hace llamar «El Escritor del Muelle».
La razón fue que durante años frecuentó por las tardes aquel viejo embarcadero de Riohacha, hasta darse cuenta de que algún día podía hacer el papel de él. Lo único es que como imitador del muelle no podía caminar, pero sí a lo Cantinflas hablar sin parar. «Hace veinte años soñaba con escribir una novela sobre lo que él miraba -cuenta Herrera-. Y lo único que ha hecho, a parte de ser testigo del tiempo, es mirar y mirar cómo cambia a todo el mar Caribe.»
Ser creador de novelas no es una tarea nada fácil. De hecho, siempre señala que su difunto padre el periodista y escritor Carlos Herrera Fernández, le recordaba que era el oficio más difícil del mundo. Aunque al coger práctica con el género, se goza hasta volver viciosa la imaginación.
Por ello, ha sido un novelista terco, conociendo más la soledad que la maldad y la bondad de los mortales. En su carrera, ha publicado un libro de cuentos titulado «Lo que hizo un colombiano por una visa», y las novelas «La bella mujer del narco» y «La novia», esta última sobre la novia de Puerto Colombia, y para algunos críticos donde ya deja sentir la cantidad de hadas que tuvo Gabo para contar. Pero Herrera, por el sacrificio que resulta redactar una buena novela, siente más felicidad cuando consigue para el mercado que cuando lo comparan con Gabriel García Márquez.
Es el mismo problema que viven muchos artistas, que se destacan más por la humildad económica, que por el talento que al principio llama la atención únicamente de Dios. Por fortuna, las matemáticas de Sir Isaac Newton alientan a los que tienen un don: «Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria». El talento es éxito, a corto o largo tiempo.
El problema con su próxima novela, era que se trataba una empresa descomunal. El capricho se justificaba, pues cambiaría también su historia personal. Tenía la ambición de escribir una obra magna de más de quinientas páginas, dividida en veinticinco capítulos, que por su calidad estuviera a la altura olímpica de Don Quijote de La Mancha y de «Cien años de soledad». Una que hiciera parte del canon occidental, de la fama, cuando se mencionaran en las academias aquellos dos monumentos. De esa manera, se convertiría en el mejor escritor del muelle, si es que hay otros. Por lo tanto, sin el apoyo de una editorial, privado de los ingresos y de otros quehaceres cotidianos, sabía que para comenzar y terminar ese océano de papel se necesitaba no tanto el ingenio de Cervantes ni la magia de García Márquez, como comida, mucha comida que incluyera pescados.
Es que cualquier novelista como él, no podía perderse de Cubagua, de las perlas, de Riohacha, del muelle, del mar Caribe, de los sueños, del pirata inglés Francis Drake, de los barcos, de los puertos, de los burdeles, de las aventuras de Chema El Marinero, de la búsqueda del galeón San José, de la de El Dorado, de la Tabla de Esmeralda, de ley de la atracción, por mucho que la realidad estomacal los hiciera despertar. Sin embargo, el duende que lo ayudaba a escribir, le mandaba dinero a través de conocidos, de familiares, o de personas sin precaución en la calle que lo dejaban caer. Con ese ritmo, comenzó a germinar la mejor experiencia que ha tenido como escritor, y que millones de humanos -si tal vez descifráramos las Centurias de Nostradamus- tendrán como lectores.
Recomendar una novela que provoca fascinación, no es un riesgo de cualquier periódico que tiene prestigio por el nombre de su dueño, y por la veracidad de sus noticias. Porque como dijo alguna vez alguien de cuyo nombre no me quiero acordar, un talento que se descubre… ¡también tiene una legión de heraldos! Aunque eso suponga que le demos su fuente informativa, a los propios dioses que lo han hecho posible.
Al describir el amor, son pocos los que hacen sentirlo. Mucho menos, vivirlo y traerlo para nosotros desde la ficción. En «Historia de amor», en cambio, todos los lectores aman a Jessica Moscote como si no existiera otra mujer. Pueden enamorarse a primera vista -o a primera lectura-, y hasta tienen el sueño de que pertenezca a la vida real. «Pertenece», asegura sin más el autor. De paso, reconoce que es tan hermosa, que no hay idioma para plagiar exactas sus facciones. Por acostarse con ella, a Rico Annichiarico lo inventa y lo hace triunfar la literatura.
La seguridad de que al imprimir su edición príncipe será una novela celebrada, es tan predecible como el aire que al respirarlo, nos hace hablar bien de él. Como ya gusta desde sus líneas iniciales, es claro que el libro andará de boca en boca, o para los que aún les cuesta reconocer este genio de la literatura universal made in Riohacha, de mente en mente.

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