Entre la oración y el chiqui chiqui. Entre la reflexión y los dulces. Entre las visitas y el Frijol. Entre el perdón y el sahumerio.
Por Kassandra Cuello A.
Todos nos conocíamos, sabían de quien eras hijo, sobrino y hasta quienes eran tus padrinos, cualquiera nos pedía hacer un mandado y cuidado que nos demorábamos, porque nos acusaban, entonces nos echaban dos limpias, una la mamá y otra los padrinos, había autoridad y mucho respeto. El mismo que se tenía por nuestras costumbres y tradiciones, que van de acuerdo a la temporada, semana santa una época esperada para el reencuentro con la familia, para comer todos los potajes, dulces y sacar el televisor al patio o al lugar más espacioso de la casa y ver toda la programación, que por esos días eran las películas sobre la vida de Jesucristo, nos enseñaron que eran días realmente santos.
Son muchas las maneras de celebrar y distintas las creencias cristianas, estas van de acuerdo a la región y dentro de ella misma también los pueblos marcan sus diferencias, aunque conserven mucho en común. En La Guajira recordamos la muerte y resurrección de Jesucristo con un conjunto de tradiciones que se han ido perdiendo, pero que marcaron nuestras vidas por ser un tiempo de unidad familiar, gastronomía exquisita y hasta de una especie de temor inocente por las historias narradas por los mayores, que tenían su chispa de misterio.
Dentro de estas costumbres de mi pueblo Fonseca, sucedía que los dueños de fincas o ganado, durante esta semana mayor, solían regalar leche a sus vecinos para la preparación de los potajes y dulces, esperaban en el portón de sus fincas porque hasta allí llegaba la romería de personas que se acercaban buscando su porción de leche , otros con sus vehículos la sacaban a la cabecera municipal e iban de calle en calle, buscando a quien regalarle parte de su producción láctea, decían los abuelos que esto garantizaba la producción de todo un año en los corrales.
Muy común era ver en los días previos a la semana santa, a los vendedores de Sahumerio por las calles, cargando en sus manos un pote dentro del cual llevaban carbones encendidos y todas las hierbas que se mezclan, esas que al quemarse sueltan un olor sagrado, este Sahumerio se hacía en todas las casas del pueblo los días jueves y viernes santo para purificar las malas vibras, “limpiar” la casa, mientras que hacían un recorrido por cada rincón haciendo oraciones y diciendo: “que salga lo malo y entre lo bueno”, también con las mismas hojas y tallos secos de hierba santa, ruda, romero, canela, eucalipto y olivo entre otras, se daban “baños purificadores”, nos hicieron creer desde niños que este ritual era sacro, que si no se hacía la casa no estaba santificada, que los hogares se veían fortalecidos con esta santificación. Hoy poco se vende este producto y la tradición está casi extinta.
En los pueblos no se escuchaba decir que alguien se enfermara de Estrés o que sufriera del colon, las preocupaciones de las familias eran que en casa hubiera recursos para que los pelaos estudiaran y fueran alguien en la vida, tampoco ganar unos kilos de más era relevante, es por ello que los dulces de papaya, ñame, ahuyama, plátano maduro, coco, batata, mamón, toronja, tamarindo y de leche, se convertían en manjar de intercambio entre los vecinos más cercanos, que junto a los potajes de arroz con leche, frijol y chiqui chiqui, era ley cumplida sin decreto, platos iban y platos venían, que bonito todos comían de lo que hacían sus vecinos. Nos enseñaron a ser hermanos.
Me contaba mi abuela Corina Álvarez, que en sus tiempos los jueves y viernes santos, no se barrían las casas, los hombres no podían usar ni el machete, ni el hacha, toda la leña que usaba en esa semana se cortaba mucho antes, igual pasaba con la ropa le lavaba antes toda, solo las mujeres recién paridas podían lavar, pero muy tempranito, se decía que de hacerlo en horas donde el sol ya estaba en todo su esplendor, al restregar la ropa el agua se convertiría en la sangre de Cristo, se guardaban esos días para ir a la iglesia, rezar en familia y comer
Escuchaba en la cocina, cuando mi abuela mandaba los viernes santo a las 12 del día a buscar las “higas”, eran pequeñas protuberancias que de los árboles de limón, naranja y olivo santo brotaban y tenerlas en casa, eran de buena suerte y se podían usar como remedio para la cura de algunas enfermedades, una vez pude observar como sacaban una de un palo de limón, pero eso sí, no todo el mundo las encontraba.
Para terminar con mi recuento, no podíamos bañarnos los viernes santo después de las 12 del mediodía, porque de hacerlo nos convertiríamos en un pez y era cuando nos contaban otra vez “la historia de Nicolás”, un niño de 8 años al que su mamá lo mandó a la tienda un viernes santo, Nicolás se negó, desobedeció y en vez de hacer caso a su mamá, se fue para el rio a bañarse, la mamá al caer la tarde y no saber nada de su hijo, se fue hasta el rio y al llegar le preguntó a los últimos jovencitos que estaban por el lugar, que si habían visto a Nicolás, ellos le respondieron que sí, que lo habían visto llegar, se había tirado al rio y no lo vieron salir. La mamá no quiso irse a casa, insistía una y otra vez llamando a su hijo, y con voz enérgica gritaba una y otra vez: Nicolás, Nicolás, con este segundo llamado un remolino de tierra le anunciaba, que algo se acercaba, era Nicolás quien sacó su cabeza y le contestó, aquí estoy mamá, a lo que ella responde: vamos hijo, vamos¡ no mamá, no puedo salir y mostrando el resto de su cuerpo, ella pudo ver que Nicolás se había convertido en un pez y si salía se mo1riría, durante mucho tiempo ella le llevó comida, hasta que murió y Nicolás se fue al mar y allá un tiburón gigante se lo comió, era escalofriante escuchar esa historia, pobre Nicolás, luego entendí, que lo que buscaban los padres, era que fuéramos obedientes y de no serlo las consecuencias podían ser terribles.
En estos días tampoco comíamos carne roja, en las mesas lo que reinaba era el pescado principalmente, en viuda, guisado, frito y en arroz, el camarón y los mariscos enriquecían la variedad, otra de las prohibiciones eran de tipo sexual, se respetaban los días santos y las parejas no sostenían encuentros íntimos.
Esto es lo que somos, nuestras raíces, tradiciones y costumbres, las que enriquecen y enaltecen nuestra cultura.