Sin agua, la pobreza en La Guajira va camino a la miseria y la miseria trae más muerte.
Por HUGUES LACOTURE DANIES
Es indignante que en lo corrido del año hayan muerto 39 niños por desnutrición o causas asociadas a la falta de agua en La Guajira. Por eso el gobierno de Gustavo Petro tiene en sus manos el desafío inmenso de llevar agua potable a comunidades wayuu, kinqui, ika, kogui y wiwa, además de a 15 municipios en los que se abre la llave y no sale nada.
No sólo se trata de calmar la sed de 1 millón de habitantes, sino de intervenir con urgencia para reducir la pobreza, extirpar la profunda corrupción y atender las más altas expectativas de un cansancio generacional de promesas sin cumplir. El nuevo gobierno tiene una oportunidad histórica.
La Guajira es el mejor ejemplo de la carencia y privación de derechos en Colombia. No en vano en 2017 la Corte Constitucional condenó a la Nación porque en La Guajira no se garantizaba ninguno de los derechos descritos en la Constitución. ¡Ninguno! Hoy, después de seis años de seguimiento, las cosas están peor.
En Uribia hay gente caminando horas para conseguir un balde de agua. La crisis es tan dramática que hace dos meses el DANE situó a La Guajira como el departamento más pobre de Colombia con el 67,4% de su población en condición de pobreza monetaria (sin ingresos suficientes para adquirir artículos de primera necesidad).
Si bien es cierto la historia de La Guajira está marcada por la corrupción, el desorden administrativo y la violencia, también lo es que la institucionalidad ha sido incapaz de cambiar ese rumbo. Los tecnócratas, esos mismos que le hablan al oído a los ministros y que tienen sobrediagnosticado el país, han sido indolentes con los guajiros.
En 2017 se intervino el manejo del agua potable y seis años después el legado del Gobierno nacional es que La Guajira quedó convertido en un cementerio de plantas de tratamiento inservibles, pilas públicas que no funcionan y pozos profundos olvidados. Un saldo en rojo que el mismo Ministerio de Vivienda reconoce.
No se entiende cómo la pobreza monetaria creció 14 puntos y nadie intervino. Es inaudito que en cuatro años el Departamento de Prosperidad Social “responsable de implementar políticas públicas para superar la pobreza” haya estado cruzado de brazos. ¿Qué hizo en La Guajira?
Por eso al gobierno entrante le corresponde pasar a la acción y una de las soluciones está al alcance de la mano: el proyecto multipropósito del río Ranchería, una represa entregada en 2010 con 198 millones de metros cúbicos de agua pero que hoy siguen represados. ¡Es inverosímil!
Los gobiernos (dos de Juan Manuel Santos y uno de Iván Duque) adujeron falta de presupuesto para finalizar una obra que 12 años después no cumple con la función para la que fue construida. Ni agua ni energía eléctrica.
Hoy la represa está en manos de la Agencia de Desarrollo Rural (ADR), que ha firmado múltiples prórrogas, contratos millonarios para la actualización de estudios y nuevos diseños, pero la paquidérmica dinámica institucional mantiene al departamento más seco del país sin agua.
En 2017 se intervino el manejo del agua potable y seis años después el legado del Gobierno nacional es que La Guajira quedó convertido en un cementerio de plantas de tratamiento inservibles, pilas públicas que no funcionan y pozos profundos olvidados. Un saldo en rojo que el mismo Ministerio de Vivienda reconoce.
La represa de El Cercado llevaría el agua a 9 de los 15 municipios de La Guajira (Albania, Barrancas, Distracción, Fonseca, Hato Nuevo, Maicao, Manaure, San Juan del Cesar y Uribia), sin embargo, esas líneas de conducción no han sido construidas. Con esas obras se entregarían dos distritos de riego para 18.000 hectáreas, lo que representaría al menos dos empleos por hectárea, casi los mismos empleos que genera El Cerrejón.
Sin agua, la pobreza en La Guajira va camino a la miseria y la miseria trae más muerte. El Presidente tiene la oportunidad de acabar con la nociva y sistemática costumbre de ministros y viceministros de venir en sus helicópteros, entregar bolsas de agua y posar para la fotografía de redes sociales.
Momento también para que esas élites de tecnócratas se conecten con las realidades nacionales y compensen los daños de su conveniente sapiencia (o de su empecinada ceguera) con La Guajira. Ninguno de ellos conoce lo que se siente el vivir con sed.