Por: Juan Carlos Herrera “El Escritor del Muelle”
Nunca antes, en Riohacha se había presentado un hombre que le regalara tanto sentimiento a la canción. Desde que comenzó a componer, fue teniendo la necesidad de invocar la buena melodía. Gracias a eso, logró erigirse como uno de los mejores compositores de nuestro folclor. Pero hay algo mejor, y es que quizás será uno de los dos o tres autores más recordados cuando nadie ya se acuerde del vallenato, pero sí de la música que desde hace milenios viene inspirado la Navidad.
Su apellido Romero no está aún escrito en piedra, pero sí en la vida de la gente que se volvió fascinante, desde que a campesinos prodigiosos de la Provincia se les dio por cargar el acordeón. El legado es tan grande, que en Villanueva, el lugar de donde son oriundos, se les venera casi como en toda La Guajira al mismo Francisco el Hombre. Las ejecuciones de la dinastía Romero, que continúan con El Morre, predicen que seguirán mejorando el sonido más aceptado que marca el paso del tiempo.
Por tal motivo en el club campestre Kashi Eventos, la alcaldía de Riohacha y la Gobernación de La Guajira a través del Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de La Guajira, con su pasado director Fredy González Zubiría a la cabeza, le rindió un merecido homenaje a uno de ellos. Con ese se suma a los incontables obtenidos a lo largo de su carrera, por el aporte que le ha hecho a la región, gracias a estar siempre atento al estado de su sentimiento. Fue una manera también de lanzar el libro biográfico Rosendo Romero, la eclosión lírica del vallenato, de la autoría del maestro Abel Medina Sierra, uno de los investigadores que más pretende desentrañar las circunstancias de la naturaleza que ocasionaron el genio romántico de Rosendo Romero. Con el timoneo del locutor Edgar Ferrucho, los cantos de Iris Curvelo, la academia Senderos de Acordeones, el coro de Riohacha, la danza experimental de La Guajira, la gente rindió tributo también al fallecido exponente de la danza Gary Julio, pero sobre todo honraron a la fuente viva de inigualables creaciones como Fantasía y Mensaje de navidad. Él, compensando esa dicha, habló y cantó mejor, hasta parecer la única cosa que para los humanos valía la pena aplaudir, esa noche de luna llena.
Según Rosendo Romero, esto se trató de una de los mejores detalles que ha sucedido en su carrera, por una razón especial. Siempre ha tenido claro que —aunque se inventó en Austria por el Cyrill Demian—, fue en Riohacha donde comenzó la historia mágica del acordeón. Gracias a esos primeros sonidos, a la fama de sus precursores, juglares posteriores mantuvieron una tradición, que hace más fácil oír nuestro mundo. Desde donde él deja ver, que se siente tan orgulloso como cualquier habitante del otro mundo.
Su abuelo Rosendo Romero Villarreal lo hizo heredar esa prisa de existencia. Desde que nació el 14 de junio de 1953 en el hogar conformado por Ecolástico Romero y Ana Antonia Ospino, Rosendo Romero recuerda que le llamaba la atención que de la calle viniera la gente, nada más para encontrar el embrujo musical que hacían en ese patio. En esos días, lo que más le gustaba de todo el asunto, es que se llamaba igual que aquel ancestro de Becerril. Si bien ya lo sentía, nunca se imaginó que él con el paso del tiempo también estaría condenado a buscar esa música, pero al contrario de los extraños, no en los cuentos, ni en los viejos baúles, sino en su propia sangre.
Ya su padre Escolástico Romero venía demostrándole que la mejor forma como Villanueva se sentía en la tierra, era a través de su acordeón. Los demás lo quedaban mirando, aprendiendo de sus pases, como diciendo que a hombres como él ya no se le aparecía el diablo, porque también podía derrotarlo. Era tan impresionante sus notas, que para mantenerse intocable, parecía tener el aliento de un ángel. Si bien no se ganaba en las parrandas, sino en las labores del campo, era en esas reuniones donde gustaba más la vida. Emiliano Zuleta lo acompañaba con frecuencia, y atraían a las personas para mirar los acordeones que solo les pertenecían a los maestros. Al lado del maestro Emiliano Zuleta Baquero y del entendido Poncho Cotes, Escolástico Romero dejó un reguero de ejecuciones tan memorables, que muchos no necesitaron de grabadoras magnetofónicas, para que siguieran repitiéndose por siempre en el inconsciente colectivo. Según algunos especialistas con buenos oídos, el único que pudo superarlo con la ayuda del tiempo, sería su mismo hijo Israel Romero.
Esa manifestación fue haciendo que el barrio El Cafetal, se convirtiera en el lugar de Villanueva donde más mejoraba la música de acordeón. Algunos le dicen el barrio del Grammy, porque de allí saldrían sus futuros ganadores, entre los que se destacan Poncho Zuleta, Jorge Celedón, y el acordeonero Egidio Cuadrado, compañero grato de Carlos Vives. La casa de los Romero era una de las pocas donde más se hablaba de la música, y los hijos entre ellos Limedes la encontraban por todas partes, incluso soñando cuando en la cama dormían. Estudiante del Liceo Colombia, y luego del Roque del Alba, Rosendo sostenía el compromiso de que por sus venas tuviera que seguir corriendo la sangre, con música a bordo de Escolástico Romero.
Su hermano Norberto Romero era un adelantado, el primero que llevaría el estilo de vida de esa casa a oídos pocos acostumbrados a ellos. Los menores lo miraban, como Israel, pero más que todo por la manera en que ponía a respirar al acordeón. Este quería ser también un virtuoso acordeonero, para experimentar en carne propia, cómo se sentía alguien al hacer sentir tan felices a los demás.
Por otra parte, la Navidad llegaba siempre a Villanueva con buen aire, gracias a la voz y guitarra del cienaguero Guillermo Buitrago, en su clásica interpretación de Las vísperas de año nuevo. Sin lugar a dudas, solo podía suceder eso por haberla compuesto el gran Enrique Tobías Pumarejo. Las brisas se recibían diferentes, por las vacaciones, por las visitas, por los sancochos, y por esa canción que tantas veces provenía de lejos. Letras como esa, ya le hacían adivinar al niño Rosendo con qué profesión y temática se sentaría algún día en el futuro.
En efecto, él le pertenecía desde hacía rato a la composición. Aunque usaba a veces el acordeón, escuchaba más con atención los cantos hechos por Leandro Díaz, Fredy Molina y Gustavo Gutiérrez, los nuevos autores que ya sabían cazar las alas de la armonía. De esa manera, en sus días de aventura como estudiante, ya se le daba por intentar sus primeras canciones, aunque gente como Daniel Celedón, al escucharlas, las lijaran con sus consejos.
Entonces llegó el momento de darse a conocer. Recuerda Rosendo Romero que una ocasión en que Norberto Romero se bañaba en el patio, él desde el traspatio se puso a cantar una de sus composiciones. Su hermano comenzó a prestarle atención, y no pudo oír en esos instantes otra cosa. Días después este le dijo que le diera en un casette esa creación, para llevarla a Codiscos. Se titulaba La custodia del Edén, que grabó tocando el acordeón al lado del cantante Armando Moscote, y donde por primera vez el compositor villanuevero experimentaba que las cosas encantadas que salían de sí, si llegaban a una emisora, podían viajar con la facilidad de las hadas por los caminos y pueblos.
Su entusiasmo lo llevó a escucharse más entonces a sí mismo. Estaba en el interior de su pecho, algo que superaba lo que era a simple vista. Creada en Cartagena de Indias la canción Noche de luceros, aunque no resultó finalista en el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledudpar, fue su segunda letra grabada, esta vez a cargo de la voz sonante de Jorge Oñate y del acordeón de Colacho Mendoza, que llevaban su espíritu cada vez más lejos.
Estaría en Bogotá, en Armenia, luego en Barranquilla donde hizo unos semestres en la universidad, creando sin parar esas melodías que daban la impresión de que él era alguien más grande, de lo que su sonrisa daba a entender. Con lo que le grababan el Binomio de Oro, Silvio Brito y los Betos, siguió componiendo, mejorando en cada pieza, hasta que excelentes cantantes de la música vallenata, comenzaron a mirar hasta el lugar en donde se paraba él.
Si bien no lo siguió haciendo continuo, tuvo la oportunidad de concretar un trabajo por allá en 1980, llamado Rosendo Romero interpreta a Rosendo Romero, donde con temas inéditos y otros conocidos, fue el primer cantautor que recordaba de quién eran los éxitos.
Diomedes Díaz
Su hermano Israel Romero desde 1977 triunfaba cada vez más al lado del cantante de Becerril, el inmortal Rafael Orozco, conformando la agrupación que más brillaba en el panorama del vallenato: el Binomio de Oro. Gracias a él, Rosendo Romero había entregado unas canciones como Villanuevera al conjunto, que lo cotizaron e hicieron creer que si había de componer alguna vez la mejor canción en la historia de su repertorio, sería para alzar más que otras, la voz de oro de Rafael Orozco.
Sin embargo, en esos días ya Rosendo Romero era consciente de que la historia la escribía el gusto musical, y por lo tanto no el apellido. Quizás componer éxitos para otros artistas, agrandaría más el prestigio musical de lo que lanzaba Villanueva. Y tal vez, le daría su propio nombre.
Diomedes lo buscó. Necesitaba una canción de su autoría que lo agigantara a nivel nacional, y lo metiera físicamente en lugares donde solo antes su voz había entrado. A pesar de tantas cosas buenas que le estaban pasando, en el Binomio de Oro no creían que Diomedes El Cacique de La Junta viajara en tantos aviones como ellos. Incluso se dice que alguien dentro de la agrupación solicitada expresó:
—Ese no pasa del puente Pumarejo.
Es decir, nunca podría entronarse ni en Barranquilla donde tomaban néctar en copas de oro, Rafa e Isra. Por fortuna, la música buena, al igual que cualquier expresión de las bellas artes, no está tan sujeta a la gravedad de las aguas para llegar lo suficientemente lejos.
Fue así que Rosendo Romero le entregó Fantasía a Diomedes Díaz, un tema donde demostró con creces que lo que inspiraba o lo ponía sentimental (valga la redundancia), era el sentimiento. Cualquier cantante que lo interpretara, caía automáticamente en ese sentirse bien. En esa situación se encontró Diomedes, entonando una melodía que exigía lo mejor de su voz, y lo llevó a cumbres desconocidas del arte musical, para muchos mortales o rivales contemporáneos. Todas las puertas ahora se abrían, aun sin tocarlas. Con esa canción incursionó no solo en el show televisivo de Jorge Barón en Bogotá, sino que ingresó a la parte más interna de los corazones. Es una de las inolvidables escenas, donde se ve el alunizar de un muchacho llamado Diomedes que no cree en la fama, al lado del acordeón invitado de Ciro Meza. Sin ninguna discusión, era ya una figura pública que se reconocía al instante, y que sabía de antemano cuando un compositor, en cierto período de la vida, era el número 1 en lo que hacía.
Mientras tanto, desde sus primeros días en Villanueva, Rosendo Romero siempre esperaba de diciembre lo mejor. Sentía en el fondo que por eso también tenía que componer algo, para musicalizar más esas brisas que aún traían el alma de Guillermo Buitrago. Una canción llamada Diciembre alegre, de la autoría de Emiro Zuleta, grabada por Jorge Oñate y los Hermanos López, le había despertado más esa inquietud años atrás, y estaba seguro de que una nueva composición suya sobre este tema, podría causar que se repitiera más en su organismo sin parar. Entonces pensó que muchos en diciembre era felices por la compañía notoria de amigos, de familiares, pero en cambio otros solos, sin radio de batería siquiera, y sin pastel de cerdo, tenían que imaginarse con gran esfuerzo los días de Navidad, para sentir de alguna manera que estaban en Navidad. Como sucedió en el caso de su tío Luis Ramón Ospino Campo, quien algunas veces le tocó vivir desde el cerro ese triste distanciamiento, mientras los cinco continentes celebraban una vez más con fiesta el nacimiento de Jesús.
Si bien le tocó crearla con algunos problemas para rematar el coro, desde el primer instante sintió que esa canción le podía dar más cuerpo Diomedes. Era el nuevo personaje que se estaba abriendo camino al estrellato, aunque nunca creyó que con lo que le iba a entregar, este sería el cantante del vallenato que durante toda la vida estaría más agradecido con él. Pasaron los días, existiendo se tema solo para él. En vista de que ya habían hablado de esto, un mensajero del Cacique llegando al barrio Los Alpes de Barranquilla frente a la casa donde vivía, con altivez abrió la puerta del taxi y le preguntó: «Oye, ¿tú eres Rosendo? Es que Diomedes quiere que le mandes la canción». Rosendo no se desesperó, incrédulo, ante la posibilidad de que no fuera alguien de la gente de Diomedes. Pero minutos después le hizo llegar al cantante no la canción, sino la buena canción.
Al hacerlo, estuvo consciente de que allí se archivaba su espíritu. Quedó satisfecho, porque más que presentir su resonancia posterior, ya daban estrellitas en su mente los arreglos hechos por él mismo. En adelante siguió viviendo su vida entregada al canto, y también a los sueños de su familia. Un mes después, lo llamó Diomedes Díaz desde los estudios de CBS en Bogotá. Quería indicarle que ya la canción estaba lista en disco, y que le gustaría que viajara para que la escuchara imprimida con su original estilo. Al presentarse y oírla un poco cortada, a Rosendo Romero le costó trabajo creer que ya esa gran obra maestra de la música universal, de su propia autoría, no la hubiera compuesto el mismísimo Diomedes Díaz. La cantó este con tanta pasión, que aquello no lo podía explicar el razonamiento científico sino Dios, deidad de quien derivaba el nombre compuesto del juntero.
En cuanto comenzó a sonar por todos los rincones del país el long play Para mi fanaticada, de donde igualmente se desprendieron éxitos como la pieza homónima, El romancero y La juntera, fue Mensaje de Navidad la canción en la historia del vallenato que más dejaba el sentimiento de Navidad. Una creación tan bonita, entra sin problema en la forma de ser de cualquier oyente. Cuando Diomedes Díaz mejor afinaba, tuvo la oportunidad de hacer un canto superior a sí mismo. Al grabarla, al lado de un Colacho Mendoza que lo secundaba con el acordeón, hacía ya del vallenato indiscutiblemente la música que más enamoraba a Colombia entera. Desde entonces, cada vez que a final de los años llega esa fecha, la tecnología devuelve la juventud de Diomedes cantando esa canción. A partir de eso, Rosendo Romero comenzó a notar que las multitudes no solo preguntaban quién cantaba algo suyo, sino quién carajos la había compuesto.
En la agrupación Binomio de Oro, liderada por Rafael Orozco y su hermano Israel Romero, debieron quedar sorprendidos de que ese éxito hubiera catapultado la fama de su más encarnizado rival. Desde que estudiaban en Valledupar, Diomedes Díaz luchaba por cantar mejor que Rafael Orozco Maestre, y Rafael Orozco por componer —o buscar compositores extraordinarios que lo hicieran—, a mayor nivel mozartiano que Diomedes Díaz Maestre. Era una lucha sin igual, aunque fuera de tarima, se quisieran realmente como dos hermanos, conscientes de que la rivalidad los estaba haciendo más visibles en el folclore que a los otros conjuntos. En las emisoras se disputaban los primeros puestos, en las casetas contaban quién metía más gente, y los pueblos por ciertas calles parecían espacios y tiempos diferentes, ante la propia cultura que dejaba cada uno de ellos. De manera que el hecho de que Rosendo Romero subiera a ese nivel de escucha a Diomedes, tenía todo el conjunto binomista, sencillamente, anonadado y bastante escuchándolo.
Por fortuna, Rosendo Romero ha tenido con Israel Romero un hermano en quien las computadoras de la Universidad de Maryland, en EE.UU., reconocieron no tanto el mejor acordeonero del mundo, sino uno de los más humanos de los humanos. Sabía que desde que él comenzó a componer en Villanueva, era para llenar la maleta de varios cantantes, de igual manera que el Binomio de Oro incluía en su repertorio las canciones de varios compositores relevantes, que en sus giras por el extranjero orificaban. Por eso, a pesar de cierto celo, Israel Romero se sintió feliz de tener un hermano cuyo genio de la composición ya lo ponía a la altura de Rafael Escalona, de Calixto Ochoa y del romántico de los románticos, Gustavo Gutiérrez Cabello. Para seguir entonces en la sana competencia, y sobre todo homenajear a su madrina Elvia Campo, Israel Romero comenzó a componer también una canción sobre la Navidad, con melodía y letra propias, pero por cosas de inexperiencia no la terminaba y no veía todavía el tamaño de la magia. Consciente de que su hermano Rosendo ya era más conocedor de la materia, lo buscó para que le diera su romero final. Fue así como este último en condición de coautor finiquitó un tema llamado Navidad —en los créditos del álbum de 1982 Fuera de serie apareció como el único autor; cortesía de su hermano, dice—, que demostró que el Binomio de Oro, con el timbre de Rafael Orozco y la participación de su invitada hija Kelly, también podía poner por siempre un villancico en épocas decembrinas, a alto volumen en todos los hogares colombianos.
La fama hacía creer la vida del compositor, si bien nunca quiso ser etiquetado como la imaginación musical de diciembre. Era un hombre hecho para cantarle a cualquier cosa de la vida, de sus épocas, siempre y cuando despertara durante un instante su alma. Gracias a él, se demostraba que el apellido Romero sale bien por el acordeón, o por la composición. Incluso, por la conversación. Se siente orgulloso de eso, y a medida que pasan los años se pregunta qué pasó, qué ocurrió desde su niñez en Villanueva, por qué ahora era capaz de crear esas armonías que, a medida que pasan décadas, cada vez más parecen pertenecerle a toda la gente.
El poeta de Villanueva
En más de una ocasión, o entrevista periodística, Rosendo Romero dice que no entendía por qué comenzaron a llamarlo poeta. Según consideraba el creador de Despedida de verano, Mi poema y Romanza, los poetas eran los letrados, los literatos, los hombres que, aparentemente, no usaban en público el sonido. Si bien la poesía romántica de Rubén Darío, José Asuncio Silva y Pablo Neruda, ha servido todo el tiempo para enriquecer el lenguaje de los cultivadores del pentagrama, muchos al igual que él al principio no advertían que la lírica era una parte milenaria de la literatura. De hecho, el sonido vocal es música, y por ello nació la escritura cuneiforme de los sumerios: buscando registrar en las tablillas de arcilla, la voz humana que supera a los instrumentos. Con el paso del tiempo aceptó eso, ser el poeta, sobre todo porque fue algo que descubrió la gente que era él, antes que él.
Aún así, insiste en que es más un espíritu. Es decir, un ser espiritual que solo de vez en cuando derrama poseía. Como compositor, ha tenido la oportunidad de ver repetida su alma muchas veces: en el cuerpo emergente de los demás. Me refiero al de los cantantes Armando Moscote, Silvio Brito, Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Rafael Orozco, Diomedes Diaz, Toby Murgas, que vocalmente dan noticia de su salida. Al ir por el gnosticismo, ha ido reflexionando, ha tenido que ser más cuidadoso con ese mensaje que emite. Sabe al fin y al cabo que en la vida, después de alguien morir, lo que seguirá a continuación será un alma más poderosa y libre, aunque en serio invisible.
Por tal razón, a pesar del hecho de que su profesionalmente haya cambiado, sigue siendo el mismo campesino que puede arrancar melodías de las hectáreas. Los días del anonimato han quedado atrás, y en cualquier momento es llamado por un cantante, para ver cuál es la última canción que lo hace a él muy feliz, y a ellos simplemente fenómenos de masas. Algunos nuevos interpretes lo buscan, para ver si encuentran la fama nacional como cuando Diomedes Díaz grabó Mensaje de Navidad. Lo bueno de todo, es que gracias a él esas cosas que parecen inesperadas, siguen, para la completa sorpresa, sin problema pasando.
Con el Binomio de Oro de América, que dirige su hermano Israel Romero —fundador también en Villanueva del Festival Cuna de Acordeones—, establecen ese asombro que es el registro del vallenato. Como ha sucedido varias veces, ven surgir casi de la nada sentires que se vuelven éxitos, que lo hacen más cercano a él, e incluso ha tenido ocasión de ser tesorero de su conjunto. Una de esas canciones últimamente que en el Binomio ha impactado por su acogida, es el tema Me sobran las palabras, de su autoría. La razón es que en Youtube la han reproducido más de treinta millones de veces, siendo actualmente el tema que más muestra que Rosendo Romero con su guitarra, es un espíritu musical que no deja de volar en ninguna época.
Ha seguido haciendo sus propios trabajos como cantautor, porque se sumerge en el río de los tiempos nuevos, aunque no lo moja, ni lo ahoga en aguas profundas, el reguetón. Pero a pesar de la alegría de sus diferentes temáticas, siempre y cuando el planeta alrededor del sol siga girando, vuelve como antes a darle reputación la Navidad.
Una noticia triste que recibió en ella fue el 22 de diciembre del año 2013, con la muerte de Diomedes Díaz El Cacique de La Junta, mientras dormía en su casa de Valledupar. Unos lamentaron tanto eso, como si se hubiera anunciado el fin del mundo, que para ellos solo significa el vallenato. Mientras otros apenas entendían qué acontecimiento había pasado, que se llevaba al hombre más famoso de todos los tiempos en La Guajira, una de las canciones que más repetían las emisoras y hacía llorar a millones de seres, era Mensaje de Navidad. Fue enterrado tres días después, el 25 de diciembre, en el cementerio Ecce Homo, al lado de una gran fanaticada que al apretujarse masivamente, volvía también diomedista un día tan cristiano. Sin ponerle cábala al asunto, Rosendo Romero ahora sí comprendía por siempre, y para siempre, porqué esta era la canción que más le hacía sentir a Diomedes Díaz.
Infinitos reconocimientos
En la casa de Valledupar que comparte con María Ligia Cuellar e hijos, recuerda que muchos son los premios que hacen leer a cada rato su nombre en los periódicos. Aunque para él premio más grande que puede tener un artista es el entusiasmo del público, admite que lo regocija por dentro esa clase de homenajes, que se deben no a una canción en particular, como a toda una vida dedicada a cuidar del mejor modo su guitarra: sacándole secretos melódicos. Melodías que no tienen que ver nada con las hechas por otros, e incluso que no le recuerdan para nada las creadas anteriormente por él mismo.
Por ello, asiste con amistad a cualquier lugar donde lo festejan. Le llama mucho la atención, como lo que le realizó Sayco, sabiendo que la gente no solo quiere escuchar muchas veces sus canciones, sino al dios humano de sombrero pequeño que las hizo posibles.
El homenaje recibido en el Festival de la Leyenda Vallenata, el año 2021 en la Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, lo estaba esperado toda la vida. Si bien sabía que algún día iba a ocurrir, le daba temor no verlo desde ese cuerpo que lo ayuda a vivir bastante. Su grandeza lo ha llevado al cielo que pocos humanos logran tocar, sin necesidad de dejar de pisar la tierra. Pero a pesar de tantas fotos y autógrafos, prefiere ser el poeta anónimo, que solo deja saber de vez en cuando quién es, gracias a la fantasía de cuerdas que sobre todo a él lo reclaman.
Con lo ya tantas veces vivido, entonces algunos preguntarán por qué Rosendo Romero dice que el de Riohacha, organizado por la Gobernación, es el homenaje que luego más quería. Él vuelve y lo recuerda: por Riohacha entró el acordeón, que fuera la primera cosa que hizo escuchar bien a La Guajira en el mundo entero.
Es alguien que viene a recordar la importancia de este puerto olvidado, génesis de la manía del vallenato. Muchos lo entendieron así, y la razón es porque Chendo, el homenajeado, quería homenajear a la ciudad que no ha sido bien homenajeada, al tener abierta la puerta para que el acordeón bajado una vez de los barcos, terminara estirando para bien los brazos de los Romero.
Navidad
Finalmente, es bueno sintetizar hasta qué punto este genio es quien más nos hace desde el vallenato sentir la Navidad, y resulta sencillo: gracias a él, se escuchó la voz insuperable de Diomedes que, aunque veces no lo escuchemos, nunca sale de nuestro pensamiento. En colaboración con su hermano El Pollo Isra, aumentó también para siempre la voz de Rafael Orozco el 25 de diciembre, el mejor día de estas fiestas. Incluso estimuló a que también lo intentara Martín Elías con Mil Navidades, otro quien acompañado de un acordeón romeriano, nos recuerda que hubo un humilde pesebre allá por Belén, y que hizo venir desde distintos puntos del Medio Oriente, a los Tres Reyes Magos.
Es curioso que ya estos tres cantantes no estén vivos, para presenciar cómo sigue produciendo el Cantor de las Navidades. En todo caso, Rosendo Romero ha aprendido también a contar la vida no por el calendario solar, sino en una rara aritmética por el número de sus canciones, que suman más de cuatrocientas. Es placentero que viva tanto alguien que una vez compuso unas piezas de antología, y vea cómo estas mismas terminan mostrando al público con el transcurso de los años, la verdadera cara de quien más en secreto las quiere.