Por Alejandro Rutto Martinez
El inicio del 2024 nos ha sorprendido con la noticia lamentable de la partida prematura y como tal inesperada de Jorge Castillo a la eternidad. En primer lugar, me vienen a la memoria los días y las noches que compartimos en las aulas de la antigua sede de la Universidad de La Guajira durante el tránsito por nuestras clases de administración de empresas. Éramos estudiantes imberbes, llenos de ilusiones, proyectos y sueños. Según lo que compartíamos en las frecuentes conversaciones, teníamos la fórmula infalible para cambiar el mundo desde el conocimiento y el amor por las letras.
Eso nos unía también, además de nuestra condición de estudiantes de Administración de empresas: el amor por las letras y por el periodismo como medio para divulgarlas.
A Jorge le gustaba el periodismo sobre el papel y desde temprana edad comenzó a incursionar en periódicos muy importantes como El Heraldo, La Libertad, El Espectador, El Informador, El Pilón y El Tiempo Caribe.
Mientras tanto a mí se me abrieron las puertas en la radio, especialmente la radio deportiva y los programas universitarios.
La pasión por el periodismo era un tema de frecuente conversación, pero él se había ido más lejos porque su pluma producía textos que eran leídos en un ámbito mucho más amplio que el alcance de nuestras emisoras de provincia.
Cierto día lo invité a escribir una columna para el programa Vida Universitaria, pero declinó mi ofrecimiento con una amable respuesta:
“La radio es un medio efímero, escuchan mi columna una vez y después me olvidan. La tinta negra permanece impresa en el papel”
No le faltaba razón. A mí se me han olvidado la mayor parte de los temas tratados en aquel programa, pero a él puedo leerlo aún en sus tres libros: Proclama Guajira, Leandro Díaz, versos que iluminan su oscuridad y La Guajira: su folclor y el liderazgo de su gente.
Entre los dos hubo un respeto mutuo y lo admiré por sus iniciativas, sus emprendimientos periodísticos y su dedicación a investigar diversos temas de la amada tierra guajira. Eran las investigaciones que publicaba en sus columnas, en su revista Frontera Libre y en sus libros.
Hace unos años me concedió el honor inmenso de solicitarme que le escribiera el prólogo a uno de sus libros, lo que terminó de acrecentar nuestro mutuo afecto. No conforme con este hermoso acto, unos años después tuvo de nuevo un hermoso gesto al dedicarme la portada de su revista en los tiempos en que me desempeñaba como secretario de educación de Riohacha.
Jorge en esencia era un filósofo, alguien que analizaba el mundo de forma meticulosa para expresar su pensamiento. Un día lo escuché hablar acerca de la belleza de las personas:
“La belleza física es pasajera, la belleza del alma permanece para siempre, porque no se marchita. Amigo Rutto, trata de cultivar siempre la belleza del alma”.
Jorge cultivó la belleza del alma. Y dibujó con letras la belleza de La Guajira.
Lo vamos a recordar por siempre. A él y a sus escritos.