POR ALEJANDRO RUTTO MARTINEZ
Roberto Solano y sus canciones brotaron de una encrucijada del azar y el deseo, entre calles polvorientas y el bullicio de Maicao. Él, un muchacho de Fonseca que, en búsqueda de que la vida les sonriera, se había mudado con la vida misma y su madre al ardor de aquel pueblo fronterizo. Ayudaba en el negocio de hospedaje de la señora, y de paso absorbía, como un acordeón guardando alientos, los ritmos y vaivenes de los viajeros.
Una de esas tardes en que el sol hacía brotar el sudor a raudales, Roberto vio a una joven con la fuerza de un torbellino en la mirada y se enamoró. En la rockola, una melodía cualquiera arrancó y él, desbordando valentía y orgullo, le confesó que era el autor de esa canción. Ella sonrió, emocionada y deslumbrada por la admiración.
Entonces, en un momento en que la conversación avanzaba por los recodos del romanticismo, ella pidió algo más: una melodía exclusiva para ella, para sus ojos de café profundo y el cabello en espirales rebeldes. Roberto sintió que el alma se le dividía entre el pánico y la euforia. Había dado su palabra. Y a un caballero la palabra lo compromete hasta el último acorde.
Cuando la chica retornó a su ciudad, Roberto quedó anonadado en ese Maicao que le pareció más grande y vacío.
Su tarea era bien difícil, componer una canción, sin saber componer. Pero a un hombre enamorado nada se le hace difícil.
Su inventiva lo condujo a pensar que, si buscaba un buen compositor, como el maestro Carlos Huertas, resolvería de plano el problema. Pero no lo encontró.
En el Maicao de la época había maestros, albañiles, carpinteros, conductores, pero no abundaban los compositores, y, de hecho, no lo encontró.
Pero, tampoco se dio por vencido. Así que él, que nunca había compuesto una sola estrofa, se aferró al silbido como su único instrumento. Largas noches pasaron antes de que lograra tener lista aquella primera canción, en la que el amor y la terquedad se entreveraban.
Para entonces, el tiempo había hecho lo suyo: la joven no volvió, y sus ojos y cabellos se disolvieron entre las nubes de polvo del recuerdo. Pero el arrebato no se apagó. Roberto se dedicó a componer sin descanso, como quien entra en un trance.
Las canciones se amontonaban, pero su música se quedaba a solas, prisionera en cintas que, cuando lograba poner en manos de alguna agrupación, caían en el olvido. A sus amigos le gustaban sus composiciones, pero, al parecer, otra cosa pensaban los músicos consagrados, quienes no le daban ninguna esperanza.
Hasta que una mañana, tras un espectáculo de Fruko y sus Tesos, decidió ir al hotel en que éste se alojaba. Pero al llegar le dieron la noticia de que el bus de los artistas ya se había ido. Corrió como loco detrás del vehículo hasta que lo encontró enredado en el tráfico matinal.
Alargó su brazo, y a través de la ventanilla Fruko tomó la cinta y se despidió con una sonrisa soñolienta.
Pasaron los días, lentos. Y justo cuando ya el desencanto lo cercaba, un cartero llegó con el sobre en cuyo interior reposaba la noticia que más le interesaba: su canción sería grabada.
Así nació «Los charcos de Maicao», y desde entonces, Roberto Solano Sanclemente jamás abandonó el canto ni la composición. Su música, rica y auténtica, empezó a viajar lejos, más allá de Maicao, de la Guajira, de Colombia. «La borincana», «Borrasca», «Marina marinera», «Depredador», «La contaminadora», «Quién carajo soy» y «Los caminantes» comenzaron a cruzar fronteras en las voces de Fruko y sus Tesos, Gabino Pampini, Joe Arroyo, Nelson Pinedo y Celio González. Y por supuesto, en la propia voz del creador a quien no le perdonan una visita a cualquier parte sin que le digan: “maestro, cántese una, pero de las suyas”.
¿Y la muchacha de mirada tempestuosa? Quizás regresó a Maicao, quizás no. Roberto no volvió a saber de ella. Y, aun así, en su música, vive el aroma de una historia que cambió su vida para siempre.