Por: Nicolás Lubo Matallana
Hay instituciones que informan, y otras que logran mostrar. La Universidad de La Guajira, hoy, parece estar más cerca de lo segundo. No desde el exceso de discursos, sino desde una acumulación de hechos que empiezan a sostenerse por sí mismos. La reacreditación de programas académicos, el fortalecimiento de alianzas estratégicas en áreas sensibles como la salud, el reconocimiento de entidades nacionales, y el nacimiento y consolidación de facultades como la de Ciencias de la Salud, que durante décadas fue un anhelo para los guajiros, no aparecen como logros aislados. Empiezan, más bien, a leerse como parte de una línea de trabajo que va tomando forma y coherencia. Que esto ocurra precisamente en el año en que esta alma mater cumple 50 años no deja de ser significativo. Hay aniversarios que se celebran con memoria; otros, más escasos, se sostienen también con resultados.
Pero más allá de los resultados, lo que se percibe es una manera de hacer. Bajo el liderazgo de su rector, Carlos Arturo Robles Julio, la universidad ha logrado algo que no siempre es evidente en lo público: alinear equipo, propósito y ejecución. Se advierte un orden planificado, una continuidad en las decisiones y una lectura clara de hacia dónde se quiere avanzar. Y eso, en un contexto como el de La Guajira, tiene un peso particular.
La jornada de rendición de cuentas 2025 terminó por confirmar esa percepción. Fue un evento con una producción cuidada en cada detalle, pensado no solo para exponer resultados, sino para generar conexión, y que terminó convirtiéndose en una experiencia que seguirá dando de qué hablar. Sin embargo, más allá de la puesta en escena, lo que ocurrió allí fue algo más complejo de construir: una relación emocional con la comunidad. No se trató de un acto distante. Fue un recorrido por la memoria reciente de la institución, por estos últimos 17 años que han ido transformando, paso a paso, el alma mater de los guajiros. Los aplausos no respondían únicamente a la estética del evento, sino a la identificación con un proceso que muchos han acompañado o, al menos, han observado de cerca.
El empuje de la academia empieza a hacerse visible para otros actores del territorio. El sector empresarial comienza a mirar con mayor atención el talento humano que egresa de la universidad; el gobierno encuentra puntos de articulación en sus planes y proyectos; y la sociedad civil empieza a percibir que las nuevas generaciones pueden tener un horizonte distinto al de hace algunas décadas. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de una percepción que empieza a circular en distintos espacios.
Es ahí donde la rendición de cuentas cambia de sentido. Cuando los resultados no requieren ser forzados ni adornados, cuando lo que se presenta guarda relación con lo que se vive, el ejercicio deja de ser una formalidad institucional y se acerca más a una forma de evidencia. Esa diferencia, aunque sutil, no es menor.
En el fondo, este tipo de procesos dialoga con algo más amplio: la manera en que ciertas sociedades han entendido el conocimiento como motor de desarrollo. No ocurre de forma inmediata ni responde a una sola decisión. Es el resultado de insistir, de ordenar, de proyectar en el tiempo. La Universidad de La Guajira parece estar transitando ese camino, en la medida en que la formación, la investigación y la articulación empiezan a encontrarse en un mismo horizonte.
Queda, por supuesto, lo más exigente: sostener. Porque avanzar es apenas una parte del proceso; mantenerse implica disciplina, capacidad de autocrítica y claridad en el rumbo. Lo visto en esta rendición de cuentas deja una inquietud que vale la pena formular sin prevenciones: qué ocurre cuando una institución pública decide asumir con seriedad su papel en el territorio.
La respuesta no está cerrada. Pero empieza a insinuarse. Y quizá por eso, más que cifras o indicadores, lo que quedó en el ambiente fue otra cosa: la sensación de que la universidad ya no solo se cuenta, sino que empieza a reconocerse en su propia trayectoria.