POR ROBERTO GUTÉRREZ CASTAÑEDA
Como una espada de Damocles varias amenazas penden sobre la cabeza del guajiro: las desastrosas administraciones locales, los malos y caros servicios públicos, la inseguridad rampante, la incultura de sus habitantes, la falta del sentido de pertenencia las que, debido a su cotidianidad, han ido insensibilizando el mecanismo de reacción para convertirse en mal endémico de resignada aceptación; pero lo que en los últimos tiempos ha venido exacerbando la paciencia de la población es la recurrencia de los paros por los motivos más anodinos y particulares.
El paro como componente de la movilización reivindicativa de las luchas sociales debido a su recurrencia ha venido perdiendo su eficacia y eficiencia y terminó convertido en motor de la inconformidad colectiva y reactivo contra sus promotores.
Si el fin último del paro es confrontar a las instituciones por no atender la solución de los problemas inherentes a sus cargos, sus promotores como muestra de honradez y ausencia de parcialidad grupal, étnica o política deben promover un paro contra los paros; un paro contra las cabezas visibles de las colectividades que por ley reciben ingentes sumas de dinero sin orden ni concierto ni vigilancia administrativa y dilapidan esos recursos no en satisfacer las necesidades de su conglomerado social sino en lujosas mansiones y poderosos vehículos mientras sus asociados perviven en los límites de la indigencia.
El departamento se encuentra en un carrusel de posiciones paradójicas; hace paro porque carece de la infraestructura mínima requerida para potenciar su desarrollo institucional, económico y social, pero con los paros magnifica las oportunidades negativas para conseguir ese desarrollo. El paro estrangula las oportunidad de conseguir el desarrollo buscado: el PIB regional desciende, las probabilidades de creación de nuevas empresas y la incorporación de recursos de capital se desvanecen ante la presencia permanente de la inestabilidad social, legal y la escasa confiabilidad de los servicios públicos, así como las pocas posibilidades de contar con medios expeditos de tránsito y transporte que permitan la pronta y segura conectividad.
Si las condiciones negativas debidas a nuestra mal concebida terquedad, miopía, egoísmo y talante intolerante continúan, seguiremos cayendo en el carrusel de nuestro círculo vicioso: La Guajira no progresa por falta de oportunidades, pero no aprovecha las oportunidades cuando estas se vislumbran en el horizonte”.
“Definitivamente no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”.