El abril que narró su propia historia: Gabo, Vargas Llosa y los días santos que unieron sus despedidas

Por: Nicolás Alberto Lubo Matallana

No es cualquier cosa morir en Semana Santa. Menos aún cuando el calendario se alinea para darle a la muerte un toque de historia y de literatura. Gabriel García Márquez murió un Jueves Santo, el 17 de abril de 2014, una coincidencia que no pasa todos los años. De hecho, en más de dos siglos, solo ocho veces el 17 de abril ha coincidido con un Jueves Santo. Casi como si el universo hubiese reservado un día raro y sagrado para despedir a un hombre que hizo de lo imposible, lo cotidiano.

Once años después, Mario Vargas Llosa, su viejo amigo y luego rival, murió un Domingo de Ramos, el 13 de abril de 2025. Otra fecha especial. Otro momento en el calendario litúrgico que parece decirnos: “esto no es casualidad”. Ambos fueron gigantes de la narrativa latinoamericana. Ambos Nobel. Ambos moldearon nuestra forma de contar y entender el continente. Y ambos se fueron en días que la tradición religiosa reserva para lo simbólico, para lo profundo, para lo que deja huella.

Gabo se despidió en el día de la última cena, símbolo de intimidad, traición y despedida. Vargas Llosa, en el día de la entrada triunfal a Jerusalén, cuando todos aplauden sin saber que lo peor está por venir. Uno fue el poeta de lo mágico; el otro, el analista implacable del poder. Uno llenó Macondo de mariposas amarillas; el otro vació dictaduras en novelas que cortaban como bisturí. Diferentes, sí. Pero igualmente inmensos.

Sus muertes, separadas por una década, quedan unidas por el calendario y por la historia. Hoy, jueves 17 de abril de 2025, vuelve a ser Jueves Santo. La misma fecha en la que se fue Gabo. Y aunque Vargas Llosa ya partió el pasado Domingo de Ramos, hay algo en esta semana —en este cruce de símbolos, literatura y memoria— que los vuelve a reunir. Como si sus vidas estuvieran escritas no solo en libros, sino también en el almanaque de la cultura latinoamericana.

Y como si todo esto no fuera suficiente, en Cien años de soledad, Úrsula Iguarán, la matriarca de Macondo, también muere un Jueves Santo. Gabo no especifica el año, pero según las pistas de la novela, su muerte podría haber ocurrido hacia 1919. Lo interesante es que ese año, el 17 de abril también fue Jueves Santo. No es un dato definitivo, pero sí una de esas coincidencias que solo pueden ocurrir en la literatura. El personaje, el autor y la fecha: una línea invisible que los une.

Este 17 de abril de 2025 es toda una rareza. Volvió a ser Jueves Santo. Aquí estamos otra vez, en un día en que la liturgia, la historia y la literatura parecen marchar juntas. No es solo un día de conmemoración religiosa. Es también un día en el que recordamos a quienes supieron narrar lo sagrado y lo humano con la misma pluma.

Murieron en Semana Santa. Pero siguen vivos cada vez que alguien abre uno de sus libros y vuelve a caminar por Macondo o por las calles de Lima. Porque si algo sabían hacer, era eso: contar historias que no terminan con la muerte.

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