Por YOHAN REDONDO MARTINEZ
El Dolor de Ver el Mismo Paisaje de Siempre «¿Sabe qué me preocupa y qué me da tristeza? Que mis hijos y mis nietos, así como vamos, también van a caminar por las mismas calles de arena, van a jugar en la misma cancha de hace 25 o 30 años.» Estas palabras, cargadas de frustración y dolor, resuenan como el grito silencioso de miles de padres guajiros que ven cómo sus sueños se desvanecen en la misma tierra árida que los vio nacer.
La realidad es aplastante: en Uribia, las vías urbanas siguen sin pavimentar y los habitantes enfrentan accidentalidad, polvo constante y estancamientos de agua en épocas de lluvia. En Fonseca, conducir se ha vuelto «una actividad extrema» donde es necesario esquivar huecos, obras inconclusas y soportar el polvo que se levanta en verano o el lodo que se acumula en invierno.
La infraestructura deportiva presenta el mismo panorama desolador. La cancha La Bombonera en Fonseca lleva más de cinco años sin energía eléctrica, convirtiéndose en refugio para el consumo de drogas, vandalismo y robos. Los escenarios deportivos en La Jagua del Pilar, que costaron 14 mil millones de pesos, fueron entregados pero permanecen «en mal estado y en condición de abandono».
La Aristocracia del Poder y la Exclusión del Pueblo
Durante décadas, La Guajira ha sido gobernada por una clase política tradicional que ha convertido las oportunidades en privilegios hereditarios. El departamento ha tenido 12 gobernadores en los últimos diez años, la mayoría destituidos por corrupción. Entre 2016 y 2020 se documentaron 37 hechos de corrupción, y la Contraloría detectó hallazgos fiscales por 132 mil millones de pesos en recursos mal utilizados.
Mientras los apellidos de siempre se turnan en el poder, el 65,3% de los guajiros vive en pobreza monetaria y el 40,6% en pobreza extrema. La pobreza multidimensional alcanza el 39%, triplicando el promedio nacional. Estos números no son estadísticas frías; representan familias enteras que han visto pasar generaciones sin oportunidades reales de progreso.
La exclusión es sistemática. «No puede ser posible que durante años hayan sido gobernado por la clase política tradicional y este departamento hoy esté sumergido totalmente en la miseria, y solamente las oportunidades hayan sido para quienes hayan estado en el poder, pero nada para la gente popular, para la gente que no hace parte de la política», expresa con indignación la voz que clama por justicia.
Cuando la Esperanza se Convierte en Acción
Sin embargo, en medio de esta oscuridad, emergen destellos de esperanza que iluminan el camino hacia la transformación. Cuarenta y nueve jóvenes de siete comunidades rurales de Riohacha se graduaron como Gestores Comunitarios y conformaron la primera Red Juvenil del municipio, demostrando que la juventud guajira está preparada para asumir responsabilidades de liderazgo.
Las iniciativas sostenibles también florecen cuando hay voluntad genuina. Las 491 soluciones solares fotovoltaicas que funcionan en Riohacha y Maicao han transformado la vida de comunidades que ahora tienen luz para estudiar y trabajar. En Tigrera, 50 familias afrodescendientes han encontrado en los negocios verdes una alternativa económica viable.
Estos ejemplos prueban que La Guajira no está condenada al subdesarrollo. Cuando se gobierna con transparencia y visión de futuro, es posible romper los ciclos de pobreza y abandono.
La Rebelión Democrática que Urge
Es el momento de una rebelión democrática genuina que rescate este departamento de la mediocridad política. «¿Era posible que nosotros no podamos también ocupar esos cargos de elección popular?», pregunta retóricamente quien ya conoce la respuesta: no solo es posible, sino urgente y necesario.
La gente popular, aquellos que no han hecho parte de los círculos tradicionales del poder, tienen el derecho y la responsabilidad de competir por los cargos de elección popular. La democracia real implica que las oportunidades de servicio público estén abiertas a todos, no monopolizadas por las mismas familias que han demostrado su incapacidad para gobernar con honestidad.
La juventud guajira debe entender que cada voto es un ladrillo para construir el futuro que sus padres soñaron. No se trata de perpetuar los vicios del pasado con nuevas caras, sino de revolucionar la forma de entender el servicio público como una misión de dignificación colectiva.
Más Allá de las Calles de Arena: Construyendo Futuros
El desafío trasciende la infraestructura física. Se trata de construir una cultura política basada en la transparencia, la inclusión y la rendición de cuentas. Los futuros líderes deben comprometerse con:
• Democratizar las oportunidades económicas para que no sean monopolio de quienes están en el poder
• Priorizar la inversión social en educación, salud y nutrición infantil por encima de los intereses particulares
• Establecer mecanismos de control ciudadano que impidan la repetición de escándalos como el de los carrotanques
• Fomentar el liderazgo comunitario especialmente en territorios indígenas y afrodescendientes
• Aprovechar el potencial renovable del departamento para generar desarrollo sostenible e inclusivo
El Futuro que Merecemos
Visualicemos una La Guajira donde los niños no hereden las limitaciones de sus padres. Donde las calles estén pavimentadas y conecten comunidades con oportunidades reales. Donde los jóvenes puedan estudiar en universidades de calidad, emprender negocios sostenibles y ejercer liderazgos políticos sin ser estigmatizados por no pertenecer a las élites tradicionales.
Es posible una La Guajira donde los recursos de regalías se inviertan efectivamente en bienestar social, donde los escenarios deportivos sirvan para formar campeones en lugar de acumular polvo, donde el agua potable llegue a cada ranchería sin intermediarios que lucren con la sed.
El Momento es Ahora
La frustración expresada en esa voz que no quiere que sus hijos caminen por las mismas calles de arena debe convertirse en motor de transformación. La rebelión democrática comienza cuando cada ciudadano comprende que tiene el poder de elegir representantes dignos de su confianza y capaces de materializar sus aspiraciones.
No se trata de promesas vacías o discursos llenos de tierrra. Se trata de una generación que decide romper con la tradición del fracaso y construir alternativas reales de progreso. Una generación que entiende que gobernar es servir, no enriquecerse.
La Guajira merece líderes que amen más a su tierra que a su bolsillo, que trabajen más para su pueblo que para sus propios intereses. El futuro está en manos de quienes se atrevan a soñar con calles diferentes, canchas renovadas y oportunidades genuinas para todos.
La herencia de calles de arena puede terminar con esta generación. El momento de la rebelión democrática ha llegado, y depende de cada guajiro decidir si quiere ser parte del problema que se perpetúa o de la solución que se construye con valentía, transparencia y amor por la tierra que los vio nacer.