Una victoria para la Guajira el deporte se niega a morir

POR SAIT IBARRA LOPESIERRA

En un departamento donde tantas instituciones han sido debilitadas por la desidia, la burocracia o la indiferencia estatal, lo ocurrido recientemente con el Instituto de Deportes de La Guajira no es un hecho menor. Estuvimos a un paso —literalmente— de perder una entidad que por décadas ha sido semillero de talentos, refugio de juventudes vulnerables y motor de identidad cultural para nuestros municipios. Pero esta vez no se dejó caer. Esta vez, alguien decidió asumir la responsabilidad política: el gobernador de La Guajira.

Salvar al Instituto de Deportes no fue un acto simbólico ni un anuncio más para los titulares de un día. Fue una decisión de impacto estructural, que exigió voluntad política, reorganización administrativa y capacidad de negociación ante un panorama que parecía irreversible. Y debo decirlo: en un departamento acostumbrado a ver cómo se diluyen sus instituciones, este logro merece ser reconocido.

Porque más allá de la resolución que frenó la liquidación, lo que se preservó fue algo mayor: la posibilidad de que los niños wayuu sigan encontrando en el deporte un espacio de futuro; que los jóvenes de la guajira sigan compitiendo; que los entrenadores tengan a quién acudir; que los clubes no queden a la deriva; que la identidad deportiva guajira no sea un recuerdo nostálgico.

No se trata solo de evitar un cierre. Se trata de recuperar una visión.

Muchos pensamos que la liquidación era un camino sin retorno, el desenlace de años de inestabilidad institucional, falta de recursos y una mirada reduccionista hacia el deporte.

Pero el gobernador asumió una postura distinta: entendió que el deporte no es un lujo, sino una herramienta social estratégica. Que invertir en deporte es invertir en prevención, convivencia, salud mental y orgullo colectivo. Que cerrar un instituto es fácil; reconstruirlo es lo que exige liderazgo.

Claro, el reto apenas comienza. Salvar la institución no significa haber resuelto sus problemas. Ahora viene lo más complejo: dotarla de autonomía real, garantizar su financiación, modernizar su gestión y convertirla en un espacio transparente, técnico y visionario. Pero al menos hoy tenemos algo que hace unos meses parecía perdido: una oportunidad. Y las oportunidades, en La Guajira, nunca deben darse por sentadas.

Por eso escribo esta columna: para reconocer un acto político que trasciende la coyuntura y que como guajiros, debemos valorar. el mensaje que encierra este hecho: cuando hay voluntad, La Guajira puede salvarse a sí misma.

Hoy el Instituto de Deportes sigue vivo. Y con él, sigue viva la esperanza de que esta tierra —nuestra tierra— siga formando atletas, protegiendo sueños y demostrando que, incluso en medio de la adversidad, siempre habrá espacio para correr hacia un futuro mejor.

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