Darío Barros Zimmerman: un empresario con vocación de servicio que honra a La Guajira

Durante la clausura de las sesiones extraordinarias, la Asamblea Departamental de La Guajira fue escenario de un reconocimiento que trasciende el protocolo y se instala en la memoria colectiva del territorio. 

Allí, entre aplausos sinceros y palabras cargadas de sentido, fue exaltada la trayectoria del empresario Darío Barros Zimmerman, un guajiro cuya vida profesional y humana se ha convertido en referente de disciplina, perseverancia y servicio.

La Asamblea fue clara en sus consideraciones: la vocación de servicio, cuando es auténtica y sostenida en el tiempo, inspira a las generaciones presentes y futuras; fortalece la identidad guajira y contribuye a la construcción de una sociedad más justa, participativa y solidaria. Bajo esa premisa, los diputados destacaron el camino recorrido por Barros Zimmerman, caracterizado por su compromiso con el conocimiento, la gestión responsable y el fortalecimiento de procesos empresariales con impacto real en la región.

No se trató solo de enumerar logros, sino de reconocer un ejemplo. Un liderazgo que ha sabido crecer sin desprenderse del territorio, que ha apostado por La Guajira incluso cuando las circunstancias invitaban a buscar oportunidades en otros lugares. 

Por ello, la Asamblea propuso y concedió la Medalla Luis Antonio Robles Suárez, la máxima condecoración que otorga la corporación, como reconocimiento público a su labor y trayectoria.

El nombre de la medalla no es menor. Luis Antonio Robles Suárez, símbolo de la educación, la moral y la perseverancia, representa valores que hoy siguen siendo urgentes y necesarios. Y fue precisamente ese significado el que Darío Barros resaltó al tomar la palabra, visiblemente conmovido.

“Me siento muy honrado”, expresó al iniciar su intervención, agradeciendo primero a Dios, luego a los diputados y, de manera especial, al doctor Daniel Ceballos, impulsor del reconocimiento. Sus palabras, lejos de la grandilocuencia, estuvieron marcadas por la gratitud y el sentido de pertenencia. Agradeció a su familia —a su esposa, a sus hijos, a esa “bella familia que tanto amo”— reconociendo que ningún camino se recorre en soledad.

Barros Zimmerman fue enfático en señalar que la medalla no era solo para él. La recibió en nombre de su familia y de un equipo de trabajo que definió como una gran familia: la familia Macuira, una empresa guajira que el próximo 9 de enero cumple 30 años de labor constante. Tres décadas de trabajo que, según sus palabras, han sido una labor bendecida, porque “cuando servimos, repartimos bendiciones”.

Con orgullo sereno, destacó que más allá de las cifras —500, 600 o 700 trabajadores— lo verdaderamente valioso es hablar de familias: “600, 700 familias que nos queremos, que nos respetamos y nos cuidamos”. En esa frase se condensó su visión empresarial: una empresa que crece sin perder el rostro humano, que entiende el trabajo como una forma de cuidado colectivo.

El homenajeado no esquivó las dificultades. Reconoció que han sido muchos los momentos difíciles, pero subrayó que la perseverancia, la insistencia y la fe han permitido mantenerse en pie y avanzar hasta donde hoy están. Para él, ese es el mensaje central que debe llegar a las juventudes: creer. Creer en Dios, creer en uno mismo y creer en La Guajira.

“He tenido la oportunidad de viajar mucho y de generar otros espacios fuera del departamento”, confesó, “pero es aquí, en La Guajira, donde estamos luchando para seguir creciendo”. Una afirmación que resume su apuesta por el territorio: que el crecimiento empresarial se refleje también en el bienestar del equipo de trabajo y, en consecuencia, en la comunidad guajira.

La ceremonia concluyó entre aplausos, pero el eco de las palabras quedó flotando en el recinto. Más que un acto protocolario, fue un recordatorio de que el desarrollo regional también se construye desde la ética, la constancia y el amor por la tierra propia.

La Medalla Luis Antonio Robles Suárez, posada sobre el pecho de Darío Barros Zimmerman, simboliza algo más profundo que un reconocimiento institucional: representa la validación de un camino recorrido con coherencia, servicio y compromiso. Un mensaje claro para La Guajira: sí es posible creer, perseverar y crecer sin renunciar a la identidad ni al sentido humano del progreso.

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