Por: Byron Miguel Barros Mejía
Hablar de la Universidad de La Guajira no es, para mí, un simple análisis coyuntural. Es hablar de mi alma mater, de la institución que me formó como profesional y que ha sido plataforma de oportunidades para miles de jóvenes guajiros. Desde esa condición de graduado, pero también desde una mirada estratégica, considero necesario reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la educación superior pública en nuestro departamento.
La Universidad de La Guajira no es una institución improvisada ni reciente. Es el resultado de décadas de construcción académica, administrativa y social. Es una universidad que ha alcanzado la acreditación en alta calidad, un logro que no solo representa un reconocimiento institucional, sino un compromiso permanente con la excelencia, la mejora continua y la formación integral.
Además, ha sido la institución que mejor ha entendido el contexto multicultural del departamento. A través de sus programas académicos, y de manera especial desde el programa de Derecho, ha construido puentes entre la normatividad nacional y la realidad wayúu, generando espacios de diálogo entre el derecho propio y el ordenamiento jurídico colombiano. Esa experiencia no se improvisa; se construye con tiempo, conocimiento y arraigo territorial.
Desde una perspectiva de política pública, el verdadero desafío no es crear nuevas estructuras, sino fortalecer las existentes. La dispersión institucional suele traducirse en fragmentación presupuestal, duplicación administrativa y debilitamiento estratégico. En cambio, concentrar esfuerzos en robustecer la Universidad de La Guajira permitiría ampliar cobertura, mejorar infraestructura, consolidar investigación y garantizar la sostenibilidad de su acreditación.
Como guajiro y como graduado, estoy convencido de que el desarrollo del departamento pasa por fortalecer su principal institución de educación superior. La universidad es un eje de movilidad social, de formación de liderazgo y de construcción de tejido institucional. Allí se forman los profesionales que luego sostienen el aparato productivo, el sector público y las dinámicas sociales del territorio.
La Guajira no necesita más estructuras fragmentadas; necesita instituciones robustas, sostenibles y resilientes que funcionen como agentes de desarrollo. El fortalecimiento de la Universidad de La Guajira no es solo un asunto regional: es una inversión estratégica en capital humano, cohesión social y progreso sostenible para nuestro departamento.
La educación no se resuelve con eslóganes, sino con estructuras sólidas. Hoy es tiempo de consolidar, no de dispersar.
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