MANAURE EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: EL DIA QUE UN SUBMARINO NAZI ATACÓ AL FLORA

Por: Fray Blanco

Hay historias que parecen pertenecer a territorios lejanos, a escenarios que imaginamos distantes de nuestra realidad y a acontecimientos que creemos ajenos a la memoria de nuestros pueblos. Sin embargo, la historia tiene la capacidad de sorprendernos cuando descubrimos que sus huellas también permanecen en los lugares que habitamos, en las costas que contemplamos y en las voces de quienes han conservado, durante generaciones, el recuerdo de acontecimientos que merecen ser contados. Una de esas historias nos conduce a Manaure, La Guajira, donde el mar Caribe fue escenario de un episodio que conectó nuestro territorio con uno de los conflictos más devastadores de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial.

El 18 de junio de 1942, en medio de una guerra que enfrentaba a las grandes potencias del mundo, el buque mercante de vapor Flora, de bandera neerlandesa, navegaba por aguas próximas a la costa guajira cuando fue atacado por el submarino alemán U-159, comandado por Helmut Friedrich Witte. Eran aproximadamente las 2:45 de la madrugada cuando se divisó una tenue luz por el costado de babor y, poco después, comenzaron los disparos de artillería contra la embarcación.

El ataque provocó un incendio, detuvo el motor, destruyó el mecanismo de dirección y obligó a los ocupantes a abandonar el barco. De las 37 personas que viajaban a bordo, 36 sobrevivieron y una perdió la vida: el tercer ingeniero, Petrus Frans van Voorthuisen. Detrás de estas cifras existe una tragedia humana que nos invita a imaginar la angustia de aquella madrugada, la incertidumbre de quienes se encontraron en medio del mar y el temor de no saber si volverían a pisar tierra firme.

La Segunda Guerra Mundial, que tantas veces estudiamos desde los acontecimientos ocurridos en Europa y desde las grandes batallas que transformaron el orden mundial, también dejó sus huellas en el Caribe colombiano.Y es precisamente esa conexión la que convierte la historia del Flora en un acontecimiento de especial interés para la memoria histórica de Manaure y de La Guajira.

Pero esta historia no debe recordarse únicamente por el ataque de un submarino alemán ni por el destino de una embarcación mercante. También merece ser contada por la solidaridad que surgió frente a la tragedia. Tras el ataque, se organizaron labores de búsqueda y rescate para auxiliar a los náufragos. El capitán Guerrero, acompañado por los médicos Ramón Gómez y Forero Gómez, participó en las operaciones de salvamento. El rescate de los sobrevivientes nos recuerda que, incluso en circunstancias marcadas por la violencia, la solidaridad humana puede abrirse paso y convertirse en una fuerza capaz de enfrentar la desesperación.

Sin embargo, al reconstruir este episodio, hay un lugar que merece especial atención: Bolombolo, en el sector de Musichi, un espacio fundamental para comprender la relación entre el naufragio del Flora y la historia de Manaure.

Bolombolo no representa solamente una referencia geográfica vinculada con el lugar donde se identifica actualmente la embarcación hundida. Su importancia también radica en la memoria territorial que conserva. De acuerdo con los referentes históricos locales, este sector está relacionado con los primeros asentamientos poblacionales y con las actividades recolectoras de sal que contribuyeron a configurar la identidad de Manaure.

Por eso, detenernos en Bolombolo significa mirar más allá del naufragio. Significa preguntarnos por los orígenes de nuestro municipio, por las comunidades que encontraron en la sal una forma de subsistencia y por los procesos sociales que, a lo largo del tiempo, fueron construyendo la relación entre nuestra gente, el mar y el territorio.

En este sentido, el Flora se convierte en una puerta de entrada para explorar una historia mucho más amplia: la de un Manaure que no solamente puede narrarse desde sus salinas y sus paisajes, sino también desde los acontecimientos que lo vinculan con procesos históricos de alcance internacional.

A esta memoria se suma El Pájaro, una pequeña comunidad costera donde, según los testimonios locales, todavía permanece el recuerdo de aquellos acontecimientos. Aunque hoy su paisaje poblacional sea reducido y apenas unas pocas casas den cuenta de su presencia, su valor histórico no puede medirse por el número de viviendas ni por la extensión de su territorio.

En El Pájaro, la historia continúa viviendo en las voces de sus habitantes, en los relatos transmitidos de una generación a otra y en esa memoria oral que se resiste a desaparecer con el paso del tiempo. Allí comprendemos que un pueblo puede ser pequeño en su geografía, pero inmenso en los recuerdos que conserva.

Porque la historia no vive únicamente en los archivos, en los monumentos o en las páginas de los libros. También permanece en la palabra de nuestros mayores, en los relatos familiares y en las memorias de comunidades que, aun sin disponer de grandes espacios para preservar su pasado, continúan transmitiendo aquello que consideran importante para comprender quiénes son.

Bolombolo y El Pájaro nos invitan, entonces, a reconocer que Manaure posee una memoria histórica que necesita ser investigada, documentada y divulgada. No podemos permitir que acontecimientos como el del Flora permanezcan reducidos a una referencia aislada, desconectada de los procesos históricos, sociales y culturales que han dado forma a nuestro territorio.

Esta reflexión también despierta una inquietud que considero fundamental: ¿cómo se ha escrito la historia de La Guajira y qué lugar ha ocupado Manaure en esa narración?

Como estudioso de la historia de nuestro municipio, he comprendido que todavía existen acontecimientos, personajes y procesos comunitarios que necesitan mayor atención. Mientras algunos territorios ocupan un lugar destacado en los relatos regionales, otros parecen permanecer en sus márgenes, a pesar de la riqueza de sus experiencias y de la importancia de sus aportes a la historia colectiva.

No se trata de afirmar que otros pueblos se hayan apropiado de nuestra historia, ni de disputar reconocimientos sin fundamentos documentales. Se trata de asumir una responsabilidad intelectual y cultural: investigar cómo se han construido los relatos históricos, contrastar sus versiones, identificar los vacíos existentes y dar visibilidad a las memorias que todavía no han encontrado un lugar suficiente en la historia escrita.

El caso del Flora nos ofrece una oportunidad para hacerlo. También nos invita a reflexionar sobre figuras como José Prudencio Padilla y sobre la manera en que se han narrado las trayectorias de los personajes históricos de nuestra región. Su origen realmente  se sitúa en Camarones, o en Riohacha y por qué el Ex ministro  Amilkar Medica Acosta argumenta que Padilla es realmente manaurero; reconocer este dato no impide preguntarnos por qué algunos territorios y comunidades han recibido mayor atención que otros en la construcción de la memoria histórica guajira.

De allí nace la necesidad de despertar inquietudes en las nuevas generaciones, especialmente en quienes estudian, investigan y escriben sobre Manaure. Necesitamos jóvenes que no se conformen con repetir lo que ya está escrito, sino que se atrevan a investigar, preguntar, contrastar fuentes y escuchar a las comunidades. Jóvenes que comprendan que escribir la historia también implica cuestionarla responsablemente, reconocer sus vacíos y construir nuevas interpretaciones a partir de evidencias.

Investigar nuestro pasado no significa establecer verdades definitivas ni imponer una única versión de los acontecimientos. Significa abrir caminos para el conocimiento, reconocer el valor de los archivos y los testimonios, y comprender que la memoria de un pueblo se fortalece cuando sus habitantes participan activamente en la reconstrucción de su propia historia.

Por eso, escribir sobre el Flora, recuperar la memoria de Bolombolo y escuchar los relatos de El Pájaro constituye mucho más que un ejercicio de evocación histórica. Es una invitación a reconocernos como habitantes de un territorio cuya importancia no depende exclusivamente de los acontecimientos que otros hayan registrado, sino también de nuestra capacidad de investigar, documentar y transmitir aquello que hemos vivido y heredado.

Manaure no necesita apropiarse de historias ajenas para reivindicar su importancia; necesita investigar, escribir y hacer visible la riqueza de su propia historia.

Quizás la mayor enseñanza que nos deja este episodio sea comprender que la historia universal también se construye desde los pequeños territorios, desde las comunidades costeras y desde los lugares que, a primera vista, parecen apartados de los grandes acontecimientos del mundo. En las aguas próximas a Manaure, un barco mercante fue atacado durante la Segunda Guerra Mundial. En Bolombolo encontramos una oportunidad para profundizar en la memoria territorial. En El Pájaro sobreviven relatos que merecen ser escuchados. Y en cada uno de estos lugares existe una posibilidad de ampliar el conocimiento sobre nuestro pasado.

Que esta historia nos motive a volver la mirada hacia nuestras costas, a escuchar a quienes todavía conservan estos recuerdos y a promover nuevas investigaciones que permitan reconstruir con rigor los acontecimientos que han marcado nuestra identidad.

Que las nuevas generaciones comprendan que un pueblo no necesita haber sido escenario de las batallas más famosas para ocupar un lugar en la historia universal. A veces, basta con que sus costas hayan sido testigos de un acontecimiento, con que sus habitantes hayan conservado su recuerdo y con que alguien decida investigar aquello que el tiempo amenaza con borrar.

Manaure tiene una historia que contar. Bolombolo guarda parte de sus huellas. El Pájaro conserva parte de su memoria. Y nosotros tenemos la responsabilidad de hacer que esas voces sigan viviendo.

Porque Manaure no solo es sal, viento y mar, también es memoria, identidad e historia. Y mientras existan personas dispuestas a investigar, escribir y compartir el pasado de nuestro territorio, siempre habrá una oportunidad para que las nuevas generaciones descubran que su historia merece ser conocida, cuestionada y preservada.

Que el Flora no sea solamente el recuerdo de un barco atacado durante la Segunda Guerra Mundial, sino también el punto de partida para despertar una nueva conciencia histórica en Manaure. Porque los pueblos que investigan su pasado encuentran nuevas formas de comprender su presente y de construir su futuro. Y porque, cuando una comunidad decide contar su propia historia, el olvido deja de tener la última palabra.

Tributo a: Polanco Rosado.

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