Marcos Iguarán, memoria que no se borra en la arena

  • Epígrafe: La eternidad es un lugar en donde el polvo del camino conoce tu nombre.

Por Alejandro Rutto Martínez 

Marcos Iguarán Iguarán fue, en esencia, un hombre de su península guajira y del desierto de su patria chica, en donde aprendió lo esencial de la vida y se encaminó por diversos caminos en un viaje que ahora tiene como destino último la eternidad. 

El desierto guajiro es un sitio singular muy diferente a los que la mente humana sea capaz de imaginar.

El viento silba entre los trupíos y deja su rastro sonoro en las rendijas de las rancherías. Las olas, en la distancia, murmuran una canción de sal que viaja desde lo profundo del Caribe hasta los oídos atentos del caminante. Los ancianos dicen que el viento es la voz de los que ya se fueron, hablándonos en susurros de la historia olvidada.

El cielo se extiende como un manto sin costuras, abrazando el horizonte en una caricia de luz y arena. Al anochecer, el firmamento se enciende con miles de estrellas que vigilan la inmensidad, iluminando la memoria de los abuelos, esos que caminaban con los pies descalzos sobre la misma tierra caliente que hoy sigue ardiendo.

El aire huele a agua salada y a flor de cardón, mezcla de mar y cactus que define la identidad del territorio. Cuando llueve, la tierra respira y exhala un aroma de promesa que despierta los recuerdos. «La lluvia es el llanto de las montañas,» cuentan los ancianos, «y cada gota es una bendición que paga deudas viejas.»

El gusto se forja en la dulzura densa de una iguaraya madura y en la firmeza sabrosa de la carne de chivo, cocida con leña seca, acompañada por la paciencia de los mayores y el hambre sagrada del mediodía. «Comer de esta tierra es un pacto,» dicen los abuelos. «Todo lo que nace aquí nos pertenece.»

Los dedos acarician los granos finos del polvo de arena, que se cuelan entre los dedos como un mensaje antiguo. La piel siente la aspereza viva del trupío, corteza que enseña a resistir. En los brazos, la ternura de los nietos se posa como un bálsamo que devuelve la esperanza. «Nuestros nietos,» dicen los ancianos con voz temblorosa, «son la fuerza de mañana. Son las semillas que se siembran en el viento.»

Y en cada rincón del desierto, el sonar de los tambores marca el pulso de la tierra. Retumban como el latido de un corazón ancestral, invitando a todos a danzar con el alma, a conectar con las raíces que nos unen. Los tambores son la memoria sonora, el eco de los ancestros que nunca dejan de hablar.

El desierto guajiro es presencia pura. Cada elemento vibra con la dignidad de un pueblo que se sabe eterno. Y en cada rincón, las voces de los ancianos siguen cantando, como si el desierto mismo fuera su testamento.

Desde ese universo vibrante emergió Marcos Aurelio Iguarán Iguarán, hijo del clan Epieyuú, nieto de las raíces que se hunden en Parajimarú, vecino a Puerto López, donde las estrellas aprendieron a pronunciar su nombre antes que los hombres. 

Nació el primero de febrero de 1952, en una ranchería donde el wayuunaiki lo arrulló antes de que el castellano lo llamara a conquistar otros mundos. 

Nació en el hogar de Basilisa Iguarán Weber y Ezequiel Iguarán Iguarán, quien tejió con su ejemplo los primeros pasos de un niño que sería hermano, alumno, atleta, ingeniero, político, abuelo, y sobre todo, memoria de su pueblo.

En la escuela rural de Puerto López aprendió a escribir su nombre en la lengua del Estado, pero ya lo había inscrito antes en el viento de su desierto. Fue hermano de Tuto, Capu, Tano, y de Kanducha, la hermana mayor que fue también una segunda madre que guiaba con firmeza y ternura. 

Más tarde, cuando los caminos lo llevaron a Riohacha para estudiar en la Divina Pastora, muy cerca del mar y con la tutela de sacerdotes que enseñaban las letras, los números y todo lo que los jóvenes necesitaran aprender, junto con una férrea disciplina. 

Después sus pasos lo llevaron a Bogotá, al colegio Antonio Nariño, con los Hermanos Corazonistas, donde su talento académico se cruzó con el fervor deportivo. En los tableros de baloncesto y en las canchas de fútbol dejó huellas de un talento natural que lo llevó a vestir los colores de su colegio, del distrito especial y de selecciones universitarias.

Marcos tenía piernas de gol y corazón de equipo. Acarició el sueño de jugar en Santa Fe, pero una lesión de rodilla le puso fin a la carrera profesional que el balón parecía haberle prometido. Su alma, sin embargo, siguió siendo azul, fiel a Millonarios, el ballet que le aceleraba el pulso los domingos. 

Graduado como ingeniero civil en 1977 por la Universidad Santo Tomás de Aquino, se marchó a Maicao, donde junto a sus hermanos se propuso crear una empresa criolla que participara en la construcción de las edificaciones y obras de infraestructura que La Guajira necesitaría para asumir los retos del inicio de la explotación de las minas de El Cerrejón. 

Fue así como nació Arquins Ltda. En sociedad con sus hermanos Tuto y Capu y su cuñado Néstor, empresa que hizo obras para Morrison–Knudsen, Carbocol–Intercor, Aerocivil y gobiernos locales. 

Con planos y proyectos ayudó a levantar escuelas, calles y edificios. Arquins fue también el nombre de un equipo de fútbol, de los mejores en los campeonatos municipales de fútbol y una cancha en la que el fútbol se jugaba cada tarde de sábado y de domingo con vibrantes partidos en los que la pelota rodaba por el suelo arenoso y volaba por los aires guajiros impulsada por el fervor de una época en la que el deporte ocupaba un lugar de privilegio en la agenda de los ciudadanos. 

Poco después incursionó en la política.   Eran tiempos que algunos olvidaban la palabra compromiso, pero él volvió a lograr que creyeran en ella gracias a su seriedad y disciplina.  No tardó mucho en convertirse en destacado líder de una familia íntimamente ligada a la política, la familia Iguarán, a la que el periodista Carlos Serrano Cotes recuerda con el nombre de “El iguaranato”.

 Fue concejal en Uribia y Maicao, diputado de La Guajira y representante a la Cámara entre 1998 y 2002.  Durante cuatro años ostentó la credencial que unos años antes había tenido su primo hermano (más hermano que primo, por afecto familiar Hernando Iguarán Romero. 

En ese 1998 su partido, el Conservador, llevó a Andrés Pastrana a la presidencia y a Álvaro Guerrero a la alcaldía de Maicao, Marcos gestionó con obstinada nobleza la reanudación de las obras de construcción de la nueva sede del Sena que había sido suspendida. Lo logró con diálogo, sin estridencias, con argumentos que venían de la tierra. Y así, logró que Pastrana volviera a Maicao para inaugurarla.  Muchos hablan; él cumplía.

Decía poco, pero escuchaba mucho. Tenía ese don infrecuente de lograr consensos y calmar tormentas. Su palabra era más puente que muro. Prefería la prudencia, esa virtud escasa que solo los sabios cultivan.

Sofía Bolívar Llinás fue su amor constante durante 41 años. La conoció gracias a su hermano Tuto y su cuñada Marina. Juntos sembraron un hogar que floreció con sus tres hijos: Katherine, Marco Tulio y Shirley. 

Y junto a ellos, sobrinos como Auxy, Luis Tuto y Alberto, que lo llamaban tío pero lo vivieron como padre. Más tarde llegaron los nietos —Marco Elías, Valeria, Juan Emilio y Victoria— y en ellos encontró su ternura más pura. Con ellos compartía cuentos, risas y ese legado intangible que sólo se transmite con caricias y tiempo compartido.

Nunca dejó de alentar a su Millonarios del alma ni de compartir con sus vecinos, los Isenia, la alegría de cada partido. Marcos, Efraín Isenia y los hijos de éste disfrutaban de una sólida amistad registrada a la sombra de un viejo árbol aceituno de más de setenta años de edad.  

En su cuadra y en el pueblo era un hermano mayor, el mejor de los acompañantes, el hombre que hacía reír a todos y sabía escuchar en silencio.

Cada domingo, Marcos tenía una cita ineludible con la eucaristía en la parroquia del barrio San Martín. El padre Jesús Darío Vega lo recuerda entre los fieles, discreto y sereno. En sus exequias, ese mismo sacerdote lo despidió con palabras temblorosas: “Los hombres son las palabras con las que Dios cuenta su historia”. Y Marcos fue un verso entero.

Falleció el lunes 14 de abril, a las dos de la tarde, en Bogotá. Era lunes santo, un día de recogimiento en la península, y la noticia de su partida cruzó los arenales justo cuando otro adiós estremecía el alma del pueblo. A la misma hora en que La Guajira despedía con solemnidad a Jairo Aguilar Ocando —exgobernador, exalcalde de Riohacha, hijo también de esta tierra sedienta y luminosa—, los vientos anunciaban en voz baja la partida de Marcos. Dos hombres nacidos bajo el mismo sol, dos trayectorias distintas marcadas por el servicio, partiendo casi al unísono como si el destino hubiese decidido rendir homenaje a ambos, entre plegarias, tambores y el resplandor sagrado del atardecer. 

Coincidencia o señal, lo cierto es que ese lunes santo, la península entera pareció detenerse, como si el desierto supiera que algo grande estaba ocurriendo.

A la hora del llamado celestial estaban con él su esposa, sus hijos, sus yernos, su nuera y su hermano Ezequiel quien había viajado de urgencia para poder darle el doloroso abrazo de despedida.  

El alma de Marcos, según la tradición wayuu, emprendió el viaje hacia Jepirra, el sitio sagrado donde el mar besa el cielo y los recuerdos se tornan eternos. 

Allí, donde la sal se convierte en ofrenda y el silencio es un idioma antiguo, los ancestros se alinean como estrellas para recibir a los suyos. Maleygua, el Dios que cuida el equilibrio del universo, lo aguardaba con los brazos abiertos y el corazón de la tierra latiendo con fuerza. 

Y fue entonces cuando el viento, ese mismo que tantas veces lo acarició en Parajimarú, cambió su voz: dejó de ser brisa y se volvió mensaje, canto de bienvenida, murmullo sagrado que susurra que un hombre justo ha regresado al origen.

Quienes lo conocieron lo recuerdan por su generosidad, su humor sereno y su capacidad de estar presente en los momentos justos. Fue un padrino ejemplar, un vecino inolvidable, un cacique moderno que conjugó tradición y modernidad sin perder el paso. Como el desierto, fue austero, profundo, y lleno de vida. Su imagen vibra en cada obra, en cada nieto, en cada historia que aún se cuenta bajo la sombra de un trupío.

Y mientras el viento de Parajimarú vuelve a silbar entre las rendijas de las rancherías, los que se quedan repiten en voz baja, para que él los escuche desde el otro lado del sol: “Gracias, Marcos”.

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