Uribia se ahoga en un mar de basura

Por: Emmanuel Rangel Redondo 

Uribia, la capital indígena de Colombia, está dejando de ser reconocida por su riqueza cultural y su pueblo resiliente, para convertirse en el triste ejemplo de cómo la indiferencia y el abandono institucional pueden sepultar a una comunidad literalmente bajo basura.

Caminar por sus calles es encontrarse con montañas de desechos que se acumulan día tras día: bolsas plásticas rotas, restos de comida, animales muertos y un olor que asfixia. Esta realidad no es solo un problema estético; es una amenaza directa para la salud de miles de uribieros, especialmente de nuestros niños, que crecen expuestos a focos de infección y enfermedades.

Lo más indignante es que no se trata de un fenómeno repentino. Este mar de basura es el resultado de años de negligencia institucional, la necesidad de un plan estructural para la recolección de residuos, y de autoridades locales que miran hacia otro lado mientras los barrios se convierten en vertederos improvisados.

Pero no toda la culpa es del gobierno. También hay una profunda responsabilidad ciudadana. Muchos vecinos arrojan desperdicios a cualquier hora, queman basura en las esquinas o la lanzan a los arroyos, ignorando el daño ambiental y social que generan. La cultura de la limpieza y el respeto por el espacio público se ha perdido, y recuperarla requiere un esfuerzo conjunto.

Uribia no merece seguir viviendo entre basura. Se necesita un plan de choque inmediato: sanciones reales a las empresas que incumplen, campañas masivas de educación ambiental, puntos de recolección diferenciada y un sistema de reciclaje que incluya a los recuperadores de oficio. No es una utopía: es una urgencia.

Si no actuamos ahora, la postal de Uribia para los próximos años será la de un pueblo que se rindió frente a la podredumbre, que dejó que el olor a descomposición reemplazara el aroma del café mañanero y que permitió que la basura se convirtiera en su nueva bandera. Uribia merece limpieza, dignidad y vida.

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